Por Aníbal Charry González.
Elegido el que dijo Uribe, el hoy presidente electo Iván Duque, una vez se posesione de su cargo tiene una de dos alternativas: o funge como marioneta de su mentor para consolidar su oposición perversa y vengativa a Santos y llevar a cabo el mandado de volver trizas los acuerdos de paz y desinstitucionalizar el país como lo hizo Uribe; o comienza a ejercer como estadista para cumplirle a los colombianos lo que prometió iba a desarrollar en su gobierno, tal como lo dijo en su discurso del triunfo de gobernar sin odios y no dinamitar los acuerdos, llamando además a la unión para una verdadera reconciliación que le permitiera llevar a cabo la lucha contra la corrupción, el clientelismo y la politiquería.
Pues bien: Lo primero que hay que decir, es que lo dicho por Duque ya es un bolero suficientemente manido de todos los elegidos a lo largo y ancho de nuestra trágica y marrullera historia política, demostrativo de las aparentes buenas intenciones que tienen para el ejercicio del poder, -de lo cual como se sabe está empedrado el camino del infierno-, pues al final lo que termina primando es la mezquindad, el revanchismo político, el incumplimiento de lo prometido como ocurrió igualmente con el gobierno de Uribe, que invocó el mismo salmodio que ahora promete Duque de acabar con la corrupción y la politiquería, y ya sabemos todos que fueron promesas de cumbiambera, al punto que en ese funesto gobierno fue donde hubo más funcionarios condenados por corrupción, y más politiquería se hizo para traficar con el poder, como que con base en la comisión de delitos se despedazó la Constitución para asegurar la reelección del autor del dedazo que tiene hoy a Duque de presidente.
Por eso no soy de los que cree que con su elección vaya a haber un cambio sustancial en el ejercicio del gobierno y la política, no obstante las calificadas condiciones personales e intelectuales que tiene el presidente electo que hay que reconocer, pues dudo mucho que estas se puedan sobreponer a la jauría fanática, corrupta y politiquera que lo va a acompañar, sedienta de venganza y adicta a las coimas que pervierten el trabajo legislativo.
Y es que no se puede combatir eficazmente la corrupción y la politiquería solo con buenas intenciones, cuando lo que está podrido es el sistema político electoral que esa clase política abyecta nunca va a reformar como está demostrado hasta la saciedad, cuando no se le ha escuchado al presidente electo ninguna propuesta enderezada a reformar a fondo esa cloaca para demostrar que sí tiene voluntad genuina de combatir la corruptela donde está la madre, y no servirse de ella para gobernar. No obstante habrá que confiar en que Duque advierta que su compromiso una vez elegido no es con su inefable mentor, sino el de gobernar para todos los colombianos como lo ha dicho, para lo cual tendrá un nuevo país dispuesto a respaldarlo y a movilizarse para defender el proceso de paz y la lucha contra la corrupción, si de verdad está dispuesto a enfrentarla.

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