un aporte del periodismo a la historiografía huilense
Por: Marta Eugenia López B.
El libro «El Terremoto 1967, una amenaza latente», publicado en abril de 2019, escrito a la manera de una crónica soportada en testimonios y vivencias de testigos y referencias de especialistas sobre lo sucedido, pero fundamentalmente en los registros de prensa de lo ocurrido el 9 de febrero de ese año y en las tres semanas posteriores, constituye un aporte del periodismo a la historiografía huilense.
Lo es, porque lo ocurrido aquel día y lo vivido en las tres semanas posteriores, es documentado por primera vez en un libro, como decía, a partir especialmente de los informes de corresponsales de importantes agencias internacionales de noticias, de relatos y opiniones de periodistas, algunos de ellos enviados por El Tiempo a cubrir el hecho y de columnistas y colaboradores del Diario del Huila y El Espectador, entre otros.
El amplio cubrimiento periodístico de las consecuencias del fenómeno natural, considerado después por expertos sismólogos como Macro sismo en vista de que sintió en la mitad del territorio colombiano (desde Buenaventura en el Pacífico hasta Mitú, en los límites con Brasil), en Caracas (Venezuela), e Iquitos (Perú), reafirma el papel de los diarios como notarios de la historia, en tanto que el análisis de los hechos, el planteamiento de necesidades y la búsqueda de soluciones plasmadas en editoriales, columnas de opinión y algunos aportes de los corresponsales, denotan su protagonismo como medios de poder en el llamado de atención para enfrentar la tragedia y en el proceso de reconstrucción y transformación de las zonas mayormente afectadas, entre ellas Neiva, Campoalegre y Colombia (Huila).
Tal despliegue informativo facilitó pues, la estructuración de los textos con el propósito de revivir lo acontecido y mostrar la manera como autoridades y comunidades superaron la emergencia, Más allá de esto, su análisis deja entrever la influencia de los medios en la toma de decisiones encaminadas al restablecimiento del orden, la recuperación y reconstrucción de los lugares afectados.
EL HECHO
El 9 de febrero de 1 967, a las 10:25 minutos de la mañana, cuando el bullicio tempranero de los transeúntes, automotores y voceadores, imprimía el aspecto habitual de un día productivo, un terremoto de 7.2 grados en la escala de Richter hizo estremecer durante 90 segundos, la mitad del territorio colombiano.
El movimiento sorprendió a millares de personas en sus casas, lugares de trabajo y oficinas. El pánico fue total. Muchas trataron de escapar a través de puertas o huyendo por las ventanas.
Agencias internacionales reportaron al mundo que un terremoto de gran fuerza destructora sin precedentes en los últimos 50 años azotó la mayor parte del territorio colombiano.
Según el corresponsal de la AP: «El más fuerte terremoto que recuerde la historia de Colombia en este siglo, sacudió hoy una basta (sic) zona causando inicialmente una veintena de muertos y un centenar de heridos y provocando dramáticas escenas de pánico.
El de la United Press International -UPI-, escribió: «Un violento terremoto azotó la región central de Colombia dejando decenas de muertos, muchísimos heridos y graves daños materiales.»
«Ante la pérdida de vidas humanas, establecida en principio en 35 hombres, mujeres, adultos, jóvenes y niños, y los más de cien heridos, el gobierno decretó el estado de emergencia para facilitar la coordinación de las tareas de auxilio».
«Las comunicaciones y servicios públicos quedaron interrumpidos en numerosos distritos. Técnicos de la compañía oficial de comunicaciones establecieron una conexión de emergencia para poder transmitir detalles del desastre».
En nota firmada por el periodista Hernando Orozco, la Agencia Reuters informó que el terremoto tuvo una gran fuerza destructora sin precedentes en los últimos 50 años y azotó la mayor parte del territorio colombiano causando medio centenar de muertos, decenas de heridos y agrietamientos en un número no determinado de edificios.
«Las escenas de pánico eran conmovedoras. Las personas que lograron llegar hasta la amplia avenida Jiménez de Quesada en la capital colombiana, avanzaban sin rumbo definido por el centro de la calzada, mientras con los rostros trasfigurados observaban cómo los altos edificios se mecían en forma intermitente».
Desde Quito, capital de Ecuador, la agencia EFE informó que los dos movimientos sísmicos consecutivos que sacudieron a esa ciudad «a las 10 y 37 de la mañana del 9 de febrero», eran reflejo del terremoto que ocasionó daños y muertes en Colombia.
Así como en Bogotá, «las agujas de los sismógrafos del Observatorio saltaron y no se pudo tomar con exactitud la intensidad».
Según la Agencia Francesa de Prensa -AFP- los muertos en Colombia por el violento terremoto eran treinta y cinco personas. Se temía que el número de víctimas fuera superior en vista de que aún no se restablecían todas las comunicaciones.
El corresponsal dijo que en Bogotá habían sido localizados 9 cadáveres, en el Departamento del Huila 24 y 2 en el Tolima; por lo menos otras 20 personas resultaron heridas en Bogotá e idéntica cifra en Neiva. Los daños materiales en la capital eran cuantiosos. «Numerosos edificios con sucursales del centro, han sufrido graves daños y la población vivió momentos de pánico».
Un reportero de El Tiempo de Bogotá, sostuvo que una mujer entre lágrimas rogaba a Dios de rodillas y con los brazos abiertos y que en la Sabana impresionó ver arrodilladas durante largo rato las reses en los potreros. La escena acompañada de su mugido fue sobrecogedora. «Seguramente por pérdida de equilibrio se les doblaron los corvejones», afirmó el reportero.
El rector de la Universidad Javeriana y director del Observatorio del Instituto Geofísico de Los Andes, sacerdote jesuita Jesús Emilio Ramírez, precisó que el fuerte terremoto estremeció casi todo el territorio colombiano a las 10:25 minutos y 19 segundos, hora local.
«Este terremoto, sensible al hombre en Bogotá durante un minuto y 30 segundos, por su intensidad entre 7 y 8 en la escala internacional de 1 a 12, ha sido el más violento registrado en los últimos 50 años desde los famosos temblores de 1917» -dijo.
Pese a ser uno de los de mayor magnitud en el siglo XX, su poca profundidad determinó que la cantidad de víctimas y daños fuera menor a la de otros terremotos ocurridos en el mismo siglo.
En declaraciones al periodista Gabriel Ortiz del diario El Tiempo el mismo sacerdote afirmó que hacía exactamente medio siglo que en Bogotá no se sentía un temblor de tierra tan violento como el que sacudió y aterró el jueves 9 de febrero a la totalidad de la población. «El de ayer tuvo proporciones de calamidad», y recordó que el del 11 de septiembre de 1966 causó numerosas desgracias personales y grandes daños. «Pero el movimiento telúrico de ayer fue mucho más intenso. Su energía se asemeja a la de una bomba atómica de 40 megatones…» (Según el Sistema Internacional de Unidades (SI) un megatón es el equivalente de 1 x 106 toneladas, es decir 1.000 kilotones o un millón de toneladas de trinitrotolueno, en términos de potencia).
El sismólogo, quien no descartó que se siguieran presentando otros movimientos telúricos sin que revistieran la misma fuerza del primero, afirmó también que era el décimo quinto más violento de los registrados desde 1595 en Colombia.
Un día después los diarios capitalinos informaron que el ministro de comunicaciones Douglas Botero Boshell solicitó a través de la radio a la ciudadanía, limitar el uso de teléfonos y a los medios de comunicación, en general, moderar la difusión de noticias.
No obstante, El Tiempo, El Espectador, El Colombiano y en lo regional el Diario del Huila, único diario local con sede en Neiva, desplegaron en sus páginas información completa y precisa sobre las consecuencias del terremoto con estadísticas preliminares, dadas a conocer por las autoridades policivas.
Los diarios dieron a conocer el número de víctimas y daños en Bogotá y demás ciudades y localidades colombianas. Según el ministro de gobierno, Misael Pastrana Borrero, todas eran de nacionalidad colombiana. Los heridos pasaban de 200.
MUERTES, DAÑOS Y PÉRDIDAS
Desde distintas ciudades del país y poblaciones huilenses, corresponsales reportaron la situación vivida por causa del terremoto. Aun sin terminar de establecer el balance de los destrozos en ciudades y campos, en su editorial el Diario del Huila indicó que no menos del 75% de las edificaciones se agrietaron en este departamento. Era probable que «el 30% quedaran inhabitables. De 77 iglesias y capillas, solo quedaban en pie siete, con huellas tremendas del brutal sismo. «Los casos más graves se presentaban en Neiva y Campoalegre». Este último poblado quedó prácticamente destruido. En Neiva un 17% de las casas quedaron inhabitables. Las demás amenazaban ruina, si otro movimiento de tierra alcanzaba proporciones ligeramente parecidas al que azotó la región inmisericordemente.
Las iglesias y sus capillas quedaron inservibles. La catedral debía ser derruida totalmente y parte del templo viejo. El estado de los colegios y escuelas además, era lamentable. Las autoridades solo permitirían su servicio después de largo tiempo .
La policía confirmó que la población huilense más afectada era Campoalegre. 14 personas murieron allí por causa del sismo y el 90 por ciento de las viviendas quedaron en ruinas .
En Neiva donde residían alrededor de 87.000 personas distribuidas en 44 barrios, el terremoto dejó el mayor número de muertos de todo el departamento y daños significativos en estructuras de edificaciones como la Catedral, el Templo Colonial y la sede de la administración departamental conocida como «Edificio de las 56 ventanas», inaugurado a finales de la década del 30.
Muchos de los grandes y antiguos caserones construidos en su mayoría tradicionalmente en bahareque o tapia pisada, palmicha o tejas de barro, también resultaron afectados. Por causa de los daños y la destrucción de techos y paredes, las angostas y polvorientas calles trazadas en cruce, a manera de tablero de ajedrez, se llenaron de escombros.
Con el pasar de los días el saldo de muertos en todo el país se consolidó en 123: 98 en el Huila, 13 en Bogotá, 3 en Cundinamarca, 6 en el Tolima, 2 en El Cauca y uno en Caquetá; 250 personas resultaron heridas, diversas construcciones públicas y privadas cayeron, centenares se averiaron; cerca de cien mil personas quedaron damnificadas. Las pérdidas ascendieron a 300 millones de pesos: el 0.30% del Producto Interno Bruto.
