Por Jesús María Cataño
Desde «la bocana», en donde el río Orteguaza se encuentra con su hermano mayor, el Caquetá, y en medio de una turbulenta contradicción devalúa sus ímpetus para entregarse, casi sensual, con todas sus espumas, peces, vegetación, mariposas multicolores y también con su contaminación, se ve Solano como un pesebre decembrino encumbrado sobre el majestuoso horizonte del gigantesco afluente.
Solo, entre la inmensidad de la selva caqueteña, Solano es también otro socio del club de municipios abandonados por un Estado oligárquico, mentiroso y represivo, que solo los reconoce como suyos cuando una de sus postales hermosas causa sensación en círculos internacionales o cuando los buscan en el mapa para definir alguna estrategia militar que le ponga freno a las protestas de un pueblo angustiado por el abandono oficial.
El club de pueblos perdidos en la fascinante amazonia fundados casi todos por compatriotas expulsados en sus territorios nativos por la violencia, el hambre y la falta de oportunidades. O simplemente atraídos por el misterioso encanto de la manigua.
Llegando al muelle, y mientras el conductor de la «voladora» le busca refugio entre un bosque de canoas y otros deslizadores, se siente el rumor de la gente, de los vendedores, de los bañistas y de las lavanderas con sus cantos, carcajadas y gritos descomplicados. Niñas, mujeres adultas y algunas ancianas, con sus blusas traslúcidas por la humedad, lavan, nadan y juegan en un espectáculo diario.
En el río han comenzado muchas historias de amor y también han terminado muchas ilusiones.
El bullicio del puerto, el viento que sopla enérgico, los pescadores que llegan con sus cosechas, los botes que pitan al zarpar y el tropel sonoro de una bandada de loros que pasa casi rasante y veloz, despiertan una sensación combinada de libertad y miedo.
La gratificante llegada a estos pueblos contrasta con los temores, que saltan como los nicuros, ante el inminente escrutinio de los misterios que la selva esconde.
Desde la «bocana» hasta el puerto; desde el muelle hasta el colegio; desde la base militar de Tres Esquinas hasta el basurero del pueblo, en cualquier parte, se obtiene una copia fiel de la naturaleza, seductora, llena de halagos, tenebrosa pero cautivadora.
De conformidad con los testimonios de los más antiguos residentes, los primeros aventureros llegaron a Solano en los años 30 y poco después de su fundación fue eregida como inspección del municipio de Puerto Leguízamo, que años más tarde se segregó del Caquetá. Sus habitantes, ya enamorados del territorio, se quedaron en el Caquetá, en una de las primeras manifestaciones de regionalismo.
Solano es el municipio más extenso de Colombia -y tal vez del planeta-, con 43.112 kkms cuadrados, un poco menos del 50% de la extensión total del departarmento y está formado principalmente por llanuras bajas y húmedas, cubierta de selvas vírgenes que vienen de la amazonia por las escarpas y serranía del Araracuara y por la serranía de Chiribiquete.
En el mapa, Solano se ve como el extremo sur-oriental del departamento y presenta graciosos apéndices que bordean el río Caquetá, como la raíz de una muela, y en el extremo opuesto se mete coqueto en territorios vecinos para configurar los límites con Valparaíso, Milán, La Montañita, Cartagena del Chairá y San Vicente, en el Caquetá, y con los departamentos de Guaviare, Vaupes, Amazonas y Putumayo.
Solano es la capital de la belleza. De la belleza natural y humana, de su paisaje, de sus mujeres y de su río portentoso.
Pero es, del mismo modo, el único municipio del departamento que no tiene vía terrestre para su acceso, es la región del departamento con el mayor número de necesidades insatisfechas y no está interconectado al sistema eléctrico nacional. Porque la guerrilla de las FARC no permitió la ejecución de las obras correspondientes a ese proyecto ambicioso.
Durante los últimos años se ha registrado una dramática disminución de los caudales de los ríos Orteguaza y Caquetá, únicas vías de acceso al municipio. Expertos en la materia calculan que en pocos años estos afluentes perderán sus condicione de navegabilidad durante el verano y entonces cientos de comunidades podrían quedar aisladas.
Al estilo de los viajes de Maqroll, el viajero, del genial Alvaro Mutis, a Solano, «los productos, los dolores, la enfermedades, los dolores y hasta las pequeñas soluciones llegan en oxidados planchones empujados por un remolcador que asciende la corriente con una lenta y terca dificultad de asmático».
El río es la vida de este pueblo. Es su vida, es su belleza, es su medio de comunicación, de sobrevivencia. En él se han tejido miles de historias dramáticas amorosas, mágicas y hasta de terror. La explosión de un carguero por causa de la obstrucción de su vaporizador, que lanzó a varios de sus habitantes varios kilómetros adentro de la selva, hace 50 años, es una de las leyendas más contadas por los más antiguos residentes del pueblo.
Son muy mentados aquí, igualmente, los llamados «bakaki» uitoto, los mitos y leyendas de esta etnia, muy numerosa en las riberas del río.
Pocos metros antes del puerto principal, una isla obliga al río a dividir su caudal y solo durante los inviernos implacables es inundada por el afluente. Le dicen Cuba y guarda muchos secretos de travesuras infantiles, juegos de adolescentes y encuentros furtivos. «Muchas veces contemplé a la luna errante que subía al cielo y yo encontraba morada para mis pasiones en esa isla», me dijo un día el exsenador Jorge Guevara.
El poeta León Gerumano también confesó haber visto en esa isla «la sombra aumentada de los barcos y sentido el agua hechizada que ardía en su pecho» durante aventuras juveniles. «El viento y el amor soplaban con fuerza en ese pedazo y desde allí mirábamos los cocuyos de luz mortecina en el muelle», me confesó el poeta, quien vivió su juventud muy cerca de la finca de Toño Perdomo.
La gente sueña con la carretera y con la interconexión eléctrica y los más optimistas creen que ahora, en el posconflicto, se acabará el laberinto de promesas, corrupción, politiquería y disculpas que ha enredado el rumbo de las soluciones para este lejano pero paradisíaco rincón de Colombia.
Cada vez que llego a Solano, cuando miro sus fotografías o simplemente cuando lo mencionan, me llega como una flecha el recuerdo de las damas que aquella tarde de verano, en el puerto, con las blusas húmedas, me dejaron ver sus dos punticos espectaculares.





Solano
Hermoso Puebla donde pase algunos tiempos en mi juventud.
Personas que habitaban en solano en aquella epoca.
Agustin Ramon, Alfonso Hermida, Agustin Rodriguez, Cenon Buitrago, Jorge Carvajal y sus respectivas familias.
Fueron tiempos may sands y felices. Fueron Los tiempos de 1959-1965. Hoy dia hay nuevas generaciones habitando este querido pueblo. Han transcurrido mas de 5 decades.
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