Por: Carlos Tobar.
Si hay algún suceso que hace patente la desigualdad como la gran contradicción del mundo contemporáneo, es la tragedia de la migración de los países pobres, atrasados y en desarrollo, hacia el espejismo de los países desarrollados. Así, sucede con Europa para los habitantes de países africanos o del medio oriente, o con Estados Unidos para los habitantes de la América Latina. Pero, afirmemos que es un fenómeno universal del que no se escapa ninguna sociedad que, es tal vez la marca indeleble de la globalización del “libre mercado”.
Esa tragedia tiene rostros humanos de un dramatismo que conmueve. Los cuerpos de Óscar Alberto Martínez y su pequeña hija Angie Valeria, ciudadanos salvadoreños que murieron ahogados en el río Bravo cuando intentaban cruzar desde México hacia Estados Unidos. La foto del cuerpo del niño sirio de tres años, el pequeño Aylan, que apareció en una playa de la costa turca, tratando desesperadamente de escapar del genocidio en Siria. Dos de los más aterradores ejemplos de una crisis humanitaria que tiene un solo responsable: la voracidad del gran capital.
La crisis que sacude hoy al mundo, tiene una historia de depredación y saqueo que quienes se han beneficiado tratan de ocultar. No solo fueron los siglos de colonialismo, cuando las potencias europeas primero y, los Estados Unidos al final, acumularon grandes capitales explotando las riquezas naturales y el trabajo de los pueblos de Asia, África y América Latina. Más reciente, la globalización neoliberal, el dogma del libre mercado que acabó arruinando la producción y las fuentes de trabajo digno y bien remunerado no solo de los países en desarrollo, sino de las mismas potencias capitalistas. La consecuencia, el descomunal desequilibrio entre la riqueza ofensiva de unos pocos (menos del 1% de la población mundial) y las inmensas mayorías de trabajadores y productores del planeta.
La ruina, sobretodo de las débiles economías de África, Asia, el Medio Oriente y la América Latina, ha llevado a la desesperación de pueblos empobrecidos, sin trabajo, sin derechos sociales, arrinconados por la violencia de sociedades brutalmente desiguales. Esos pueblos como el de Óscar Martínez y su hija, la Centroamérica de las repúblicas bananeras creadas por el aventurerismo del capitalismo depredador y violento, hoy arruinada su producción cafetera por el monopolio excluyente y manipulador de cuatro o cinco multinacionales del comercio. O pueblos como el de Aylan, saqueados e invadidos por las grandes potencias de Occidente y Oriente que se disputan a dentelladas la riqueza del petróleo maldito. Esos pueblos, no tienen alternativa alguna distinta a la migración desesperada hacia los países desarrollados.
Hoy esa migración tiene tintes apocalípticos, porque ya no son como en el pasado desplazamientos a cuenta gotas, sino que se movilizan por miríadas. Y, la respuesta que reciben es la violenta persecución tipo Trump, para expulsarlos sin clemencia ni respeto del paraíso capitalista. Ahí, quedan al desnudo los farisaicos postulados de los derechos humanos, izados por las grandes potencias para espetarnos su superioridad.

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