Por Carlos Tobar.
El lunes pasado, se celebró, en casi todo el mundo –la excepción son los EE.UU.–, el Día Internacional del Trabajo: el 1°de Mayo. No es una conmemoración cualquiera; ese día se estableció, como homenaje a los miles de mártires de la causa obrera que empezando por los de Chicago, hicieron inmensos sacrificios para que hoy derechos como la jornada de trabajo de ocho horas, la semana laboral de 40 horas, los recargos diurnos y nocturnos, las prestaciones sociales, así como, los derechos políticos y sindicales: libertad de organización, expresión, movilización, huelga…, sean reconocidos en todas las modernas legislaciones de los países.
Para muchos, pueden parecer saludos a la bandera, primero porque los han heredado de sus antecesores y, porque algunos de ellos se han venido recortando o perdiendo, durante los últimos 30 años, tras la oleada de reformas de corte neoliberal que, tras la llamada ‘flexibilización laboral’, ha terminado envileciendo las condiciones de trabajo de miles de millones de asalariados.
El gran damnificado de la globalización del capitalismo financiero, fue el trabajo. Las extraordinarias ganancias del gran capital, desde mediados de la década de los 80 del siglo pasado, se han hecho sacrificando las remuneraciones justas al trabajo en todos los países del mundo –incluyendo a los países ricos– y, el saqueo de las riquezas naturales, los ahorros y los mercados de los países en desarrollo.
Uno de los objetivos fundamentales de la globalización fue la libertad de circulación del capital. Otra, fue la libre circulación de mercancías por los mercados mundiales. Pero, la medida complementaria de esta universalización de las relaciones económicas, la libre circulación de la mano de obra, se sometió a fuertes restricciones de parte de los países ricos.
Logrados esos objetivos, el siguiente paso fue el traslado de las grandes industrias de los países ricos a los países en desarrollo. Se buscaba así, reducir los costos laborales que, en los países de la periferia tienen diferencias importantes frente a los costos en los países desarrollados y, reducir las obligaciones en el pago de impuestos que son sustancialmente más altos en los países ricos. De paso, reducían los costos ambientales de las factorías manufactureras que utilizan combustibles fósiles, altamente contaminantes. Las ganancias de los grandes bancos, empresas multinacionales y grandes inversionistas se multiplicaron astronómicamente. Pero, una de las consecuencias fue, precisamente, que al volverse el mercado laboral un solo mercado los costos medios se redujeron fuertemente y la competencia entre los trabajadores por empleos escasos, llevaron a que las remuneraciones se redujeran o, en el mejor de los casos, se congelaran. Después, debilitar, casi hasta la extinción las organizaciones gremiales de los trabajadores: sindicatos, cooperativas, mutuales, etc., e imponer los recortes de los derechos sindicales y políticos, fue ‘pan comido’. Solo, olvidaron un pequeño detalle: el mercado –su inefable y sacrosanto mercado– lo conforma la capacidad de compra de todos los consumidores que, al reducirse para incrementar las ganancias, conduce a las crisis por sobreoferta. Ahí, quedaron entrampados.
