LA INEQUIDAD, MADRE DE MUCHOS MALES.

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Por Luis Alfredo Ortiz Tovar.

No es gratuito que un pueblo entero se revele cuando es él quien le coloca el pecho al jalonamiento de la economía, cuando es él quien debe cancelar impuestos en ocasiones altísimos y en consecuencia desproporcionados, amén del cúmulo de ellos, cuando es quien soporta el pago de su mano de obra con salarios ínfimos. No es gratuito.

Lo lamentable es que es a título oneroso que quienes detentan los medios de producción reciben de manera desproporcionada los réditos por ser titulares de ellos. Las orillas son cada vez más lejanas: muchos que tienen poco, y pocos que tienen mucho.

El mundo es inequitativo. Latinoamérica lo es en gran medida, Colombia, es segundo en la región. ¿Serán en vano los movimientos sociales que reclaman justicia social en las capitales y provincias de las ciudades paisanas?, o ¿simplemente será una turba que sinrazón aprovecha los momentos, y atizan el ambiente? Pocos asuntos en la condición humana carecen de razón.

Aquí hay más que razones, deudas. Deudas históricas de clases políticas respaldadas por capitales odiosos que muchos de ellos, sólo les asiste el interés de amasar. Y mientras no despierten del letargo avaro y desmedido de tener más, seguirán engrosando las razones para que cada vez más pueblos reivindiquen sus prerrogativas.

No se trata de azuzar ni atizar revueltas, ni reclamos injustos, ni menos argumentos para que desadaptados hagan uso ilegítimo de la protesta legítima. Se trata más bien, de la conciencia que debe haber de quien es abusado para que reclame, y quien abusa que reaccione y entienda que el otro también vale, no solo por lo que tiene sino por lo que es. Lamentablemente no estamos convirtiéndonos, sino que ya convertimos al mundo y a las sociedades en el divisionismo del que tiene, y el que no.

Busquemos la justicia social no en el altruista que por convicción da de lo que le sobra, tal cual Bill Gate, sino que la obtengamos reconociendo con merecimiento al trabajo de quien lo hace con capacidad y responsabilidad, con reconocer reciprendáriamente la formación y el esfuerzo por tenerla. Busquémosla en el impacto que ha de hacerse a quien hoy no tiene posibilidad de trabajar no porque no quiere, sino porque los Estados se quedan cortos en políticas públicas para aperturar escenarios laborales. Y aun cuando la política casi siempre defiende derechos económicos de quienes los respaldan, ella debe ir más allá que ese mezquino ejercicio, para entender de una vez por todas que los pueblos aunque aletargados, siempre que hayan injusticias, tienen derecho a reclamarlas. Mejor reconocerlas y otorgarlas que alegarlas, en ocasiones con tragedias  donde justos pagan por pecadores. Siendo justos se convierte en  la mejor forma de evitarnos la violencia.

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