Por Aníbal Charry González.
Mientras en otros países es una realidad la soberanía del pueblo para hacer sus propias reformas y señalar su destino por encima de la clase política, en este descaecido país es una auténtica farsa solo cacareada por los políticos corruptos que elegimos para legitimarse, porque aquí no es más que un canto a la bandera consagrado en el artículo 3° de la Constitución, que dice en el papel -que aguanta todo- “que la soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder público”; y en la práctica es un poder eunuco que no puede expresarse en forma directa por las talanqueras que la misma clase política ladinamente le impuso, al punto que el poder constituyente, o sea el pueblo, quedó maniatado por el poder constituido, o sea el Congreso, que es el único que puede despedazar la Constitución en su beneficio – ya casi 50 reformas-, mientras el pueblo no puede ser convocado para reformarla, sino se le permite por medio de una ley de la República.
Claro que a la falta de expresión directa también contribuye el mismo pueblo con su apatía como ocurrió con la también eunuca consulta anticorrupción -que no tenía poder reformatorio y no logró el umbral de participación aprobatoria, que igual hubiese sido desconocido de haberse logrado, como en efecto ha ocurrido en el Congreso-. Y en eso sí que nos está dando ejemplo el Perú, donde gracias al liderazgo del presidente Martín Vizcarra que convocó por decreto un referendo, y a la facilidad para que el pueblo peruano pueda expresarse directamente, en menos de 6 meses con su participación masiva se logró reformar la Constitución para eliminar la reelección de congresistas y el rechazo a la restitución de la bicameralidad; reformar el órgano que designa a los jueces peruanos -tocados como aquí por la corrupción-; y regular el financiamiento de los partidos políticos. Mejor dicho, de un solo referendazo se hizo reforma política y a la justicia.
Aquí, como ya sabemos, por la falta de liderazgo del presidente Duque y de compromiso del Congreso, necesitando urgentemente esas reformas, fracasó la enésima reforma a la Justicia, -que realmente de fondo no reformaba nada-, y está a punto de fracasar también la médula de la reforma política, demostrativo de que hay es que apelar al constituyente primario, pero con la desgracia de que Duque sigue reacio a hacerlo aspirando a más componendas con la clase política para cambiar las cosas para que sigan igual; y a la imposibilidad de que el pueblo pueda manifestarse en las urnas para darse rápidamente las reformas como en el Perú por los obstáculos que le han impuesto para hacerlo, que ha convertido en una farsa como se ha dicho la soberanía popular, que si es convocada no puede superar un umbral imposible, que hace imperativo modificar también con urgencia los requisitos de su participación donde no intervengan los que hay que reformar que es la misma clase política vitanda que nos mangonea.
Esta columna volverá como de costumbre, la segunda semana de enero de 2019.
Felices fiestas.
