Por Marcos Silva Martínez.
El poder público, asumido como apetitosa golosina y fuente de diversas rentabilidades, no puede construir ni significar ejercicio de verdadera democracia.
En una verdadera democracia, el bien general debe estar siempre por encima del interés particular. Y son los órganos de poder quienes deben estructurar el ordenamiento legal y los mecanismos para hacerlo cumplir, para de esa manera garantizar la progresividad de la estructuración democrática del poder.
Nada de lo anterior es posible cuando el poder se persigue y se toma para satisfacer intereses personales, siempre bajo la impronta de la codicia, la mezquindad y la perversidad.
Es precisamente, lo que ocurre en Colombia, en todos los niveles del poder público, partiendo desde el festín de las promesas y maniobras electorales, en muchos casos delictuosos, tales como uso o anuncio de documentos o títulos falsos, compra de votos y conciencias para ser elegido o nombrado. El objetivo es el poder no el servicio.
Es el panorama que domina el festín electoral y burocrático colombiano, coadyuvado por una institucionalidad laxa y permisiva, unas organizaciones políticas proclives a la inmoralidad y a la antidemocracia y una sociedad permisiva, tolerante y cómplice.
Lo que ha ocurrido y ocurre en el municipio de Neiva (megacolegios, supuestos intercambiadores que no lo son, estadio, reservorio, malla vial, PTAR, bocatomas, esperpento de canalización del Río Las Ceibas, etc.), y en el departamento del Huila (fracaso en contrataciones para recuperación de malla vial, ordenamiento territorial, Riego Tres Pasos, Paicol-Tesalia, plantas de tratamiento de aguas residuales, etc.), no son la excepción.
Son hechos comunes en todos los departamentos y municipios de Colombia.
Son hechos que evidencian la permisividad y tolerancia cómplice de gobernantes con el caos y anarquía del poder, cuyo precario perfil ético, moral, político administrativo, y de sentido de responsabilidad social, los hacen posible.
La historia ha demostrado que para que una sociedad pueda lograr sus objetivos, requiere de alguien que piense, organice, dirija y asuma responsabilidades.
Es posible lograrlo: Son ejemplos; Corea del Sur, Singapur, Vietnam (de mayor visibilidad hoy), entre otros.
Ese alguien, no debe imponerse con maniobras, engaños y falacias. Debe ser suficientemente capaz, mental, emocional y en conocimientos, para poder organizar, dirigir el desarrollo y que le permita rodearse de subalternos idóneos para las funciones que asumen (en Neiva esto siempre ha sido un fracaso y por eso esta como esta).
Ese alguien debe ser elegido entre los más capaces, intelectual y moralmente y es aquí donde el elector debe refinar su responsabilidad y su malicia, para no dejarse deslumbrar, por oportunistas falaces y perversos.
Esos oportunistas, falaces y perversos, asumen el poder para ponerlo al servicio de sus mezquinos intereses, enriquecerse a sí mismos y al séquito de aduladores y usufructuarios del poder, mediante acciones y decisiones que los benefician o a través de la contratación pública.
Cuando funcionarios de excepción, informan que por corrupción el presupuesto pierde más de $50 billones anuales, el alto poder prefiere dar palos de ciegos, antes que afectar intereses de bandidos. De este flagelo es víctima la mayoría de colombianos. $50 billones es más del 70% del IVA anual que pagan los colombianos.
Es fiel reflejo del caos y anarquía en el manejo de los recursos públicos y de la desatinada elección de gobernantes.
Es una alerta ante la piñata de candidatos que ofrecerán de todo en la próxima campaña




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