FAJARDO O LA OPORTUNIDAD DE SALIR DE LA TRAMPA

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Por Carlos Tobar

Colombia está en una trampa. Mejor, los colombianos estamos entrampados. Llevamos décadas “como corcho en remolino”, dando y dando vueltas en el vórtice de una violencia que no solo se la inventaron, sino que, algunos pretenden que no cese nunca. La forma que toma esa vieja manera de hacer la política, la fórmula del miedo, es la polarización entre dos extremos nocivos que fueron, precisamente, los beneficiarios de esa sinrazón. Sumémosle la corrupción y, lo peor, la ausencia de un proyecto de nación, porque Colombia no ha podido resolver los problemas básicos de su vida en sociedad, y tenemos una tormenta perfecta.

Llevamos más de 50 años con una guerra falsa (en la que el pueblo estuvo siempre ausente), inventada al amparo de la fallida revolución cubana, donde ser revolucionario era propiciar la lucha armada, con su caja de Pandora de todo tipo de métodos delincuenciales de hacer política: secuestro, extorsión, chantaje, asesinato personal, reclutamiento forzado –especialmente de menores de edad–, potenciado por la industria del narcotráfico que ha corrompido a la sociedad colombiana toda. A esta forma de lucha, los sectores de la élite ultraderechista, respondió con la violencia de estado, en donde, durante muchos años, se violaron las más elementales normas de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario, para finalmente caer, durante la época más aciaga, en la contrarespuesta del paramilitarismo. Uribe y su seguridad democrática, fueron la respuesta institucional a la falsa guerra revolucionaria. Tuvimos que vivir todos los horrores, hasta los impensables, para que al fin pensáramos en salir del vicio más destructor de cualquier sociedad: la violencia.

Parece que, con todas las dificultades que se quieran, estamos iniciando ese camino. Pero, en esta campaña electoral, los dos bandos supérstites de la vieja confrontación, insisten en mantenernos amarrados al pasado. Al de la confrontación de dos bandos irreconciliables que dividen al país, paralizándolo, cuando el signo de los tiempos nos indica que, esas décadas perdidas, producto de esas equivocaciones internas y, de un entorno mundial adverso para la prosperidad de las naciones en desarrollo, está cambiando aceleradamente, exigiendo que la lectura que hagamos de los cambios internos y externos, nos conduzca a la mayor unidad nacional de que tengamos memoria, para así garantizar a nuestros connacionales los derechos mínimos de empleo, salud, educación, vivienda, etc., en una sociedad avanzada, incluyente y democrática.

Pensar que, este propósito nacional lo podamos lograr sin el concurso de cualquiera de los bandos hoy enfrentados, es una estupidez descomunal. Si alguno de esos bandos en contienda gana en la campaña electoral en curso, su gobierno estará caracterizado por la inestabilidad. Por eso las voces más sensatas de la intelectualidad y de los sectores sociales de la producción y del trabajo, han levantado la bandera unificadora de Sergio Fajardo. Es la única opción para ahorrarnos muchos años más de desastre político y social. Me uno a esas voces que llaman a la sensatez, una tal que nos permita abrir una época nueva en la historia de Colombia.

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