Por Carlos Tobar
Después del desconcierto inicial que nos generó el sorpresivo triunfo del No en el plebiscito del 2 de octubre, me ha quedado un mal sabor en la boca. ¿Por qué tengo esa sensación extraña? Es como si nos estuvieran timando, con gran habilidad, pero engañando. ¿Por qué no me terminan de satisfacer las explicaciones que hoy rondan por los medios, las redes sociales y, en el fondo, en las mentes de los colombianos? Que si el Centro Democrático tenía razón en sus críticas a un acuerdo demasiado generoso con una guerrilla que, en sus propias palabras “es el cartel más grande de la cocaína en el mundo”, que además, ha cometido todo tipo de delitos atroces que no pueden ser perdonados y que, no se le ve actitud de enmienda. Que el mejor acuerdo posible es el negociado, según palabras del gobierno. Que hay que hacer un gran “acuerdo nacional”, para de verdad tener una paz estable y duradera. En fin, toda una serie de generalidades que no toman todavía en cuenta la letra menuda de los acuerdos, sabiendo que “el diablo está en los detalles”.
Pero, preocupándome el proceso de los acuerdos con las Farc, y la aspiración nacional por la paz estable y duradera, que todos los sectores hoy reclaman, mi sinsabor es que el resultado del plebiscito pareciera más el producto de un sainete ya conocido. Tal vez, más sofisticado y perverso. Porque la polarización, exactamente por la mitad, del país que participa en la política nacional –como yo lo veo–, es la reedición de la viejísima división liberal-conservadora, que tanto dolor, lágrimas, exclusión, ventajas para las élites, etc., trajo para la nación colombiana. Un montaje que está dejando por fuera, por cooptación o aislamiento, a todas las fuerzas políticas alternativas que durante dos décadas largas han tratado, con gran esfuerzo, de abrirse paso como alternativa para los trabajadores y el pueblo.
Sería la reedición de un frente nacional bipartidista, que en la práctica se aglutina alrededor del santismo –el actual gobierno–, o del uribismo, la oposición de “derecha” que reivindica como forma de hacer política, los valores más retardatarios arraigados en la sociedad (los valores de la familia, contra la ideología de género; la defensa a ultranza de la propiedad privada y el no intervencionismo del Estado, en donde destaca la inamovible propiedad de la tierra rural, que está amenazada por el castro-chavismo –su definición del socialismo y el comunismo–; la defensa de la justicia como principio inmodificable en defensa de esa propiedad privada, etc.), mientras todo lo contrario es lo que encarna el gobierno “progresista”.
En este marco de referencia, el plebiscito logra ese propósito. Quién habla hoy de los problemas de fondo del país. Nadie. No importa que la política económica tenga el sesgo de favorecer a los grandes capitales nacionales, pero preferencialmente extranjeros, tal y como lo vamos a ver en la reforma tributaria que se avecina, donde la carga mayor recaerá sobre los asalariados y el sector empresarial no monopolista y, que será aprobado, al unísono, por – ¡oh, sorpresa! – uribistas y santistas.



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