Por Carlos Tobar
Una de las características de las burocracias recaudadoras de impuestos, es que se superan las unas a las otras. No es de ahora, es de siempre; no es sino revisar la historia de los pueblos. Cada vez, los tributos y los procedimientos de exacción son más refinados. La sutileza, el engaño, lo metódico, sus efectos opresivos…, porque el paganini termina sintiendo que lo ahorcan hasta sacarle la lengua. Caer en las garras de la Dian es algo que aterra a cualquier contribuyente. “Es mejor deberle a la suegra”, es una expresión coloquial que los socarrones colombianos han acuñado para destacar los vejámenes a los que se expone, quien incumpla las obligaciones impositivas.
A propósito, acaba de salir el último “parto de los montes” del gobierno santista. La pomposamente llamada Reforma Tributaria estructural. Una reforma que, –después de leer 311 artículos, escritos en 183 páginas–, se sintetiza en que las clases del trabajo y la clase media profesional y de empleados, así como, los empresarios no monopolistas, de la ciudad y el campo, llevan la carga principal, mientras los grandes capitales concentrados en la empresas más grandes (nacionales y extranjeras, muchas de ellas multinacionales) y en las actividades económicas de mayor rentabilidad, ven reducidas sus obligaciones tributarias, cuando no quedan, en la práctica, exoneradas de cualquier carga impositiva. En este sentido, es una reforma neoliberal, como quiera que protege y promueve la prosperidad del gran capital financiero parasitario, sobre la base de quitarle responsabilidades tributarias con el argumento falso de que así se crearán más fuentes de trabajo. Mientras tanto, las clases medias y del trabajo, ven aumentar sus cargas hasta niveles desesperantes.
Esta ha sido la historia económica de los últimos 35 años, desde cuando Margaret Thatcher y Ronald Reagan, respectivamente la primera ministra de Inglaterra y el presidente de los EE.UU., a comienzos de la década de los 80 del siglo pasado le abrieron paso a esa concepción ideológica. Uno de sus principios básicos es la reducción, cuando no la eliminación de los tributos para las empresas y los ricos, de los países ricos y de los países en desarrollo. Una concepción que hoy sabemos fracasada, como quiera que al quebrantar la obligación de todas las personas naturales y jurídicas de contribuir, proporcionalmente a sus recursos, a la construcción, el mantenimiento y el funcionamiento de la sociedad, se amenaza seriamente su supervivencia. Si los ricos y los poderosos son los obtienen las mayores ganancias y no contribuyen ¿de qué manera se obtienen los recursos para atender las necesidades comunes de energía, servicios públicos domiciliarios, salud, educación, seguridad, justicia, infraestructura de transporte…? Pero, sobre todo, ¿cómo hacerle frente a las desigualdades inevitables de un régimen de tales características?
En Colombia, tenemos por costumbre apegarnos a la penúltima moda en todo, especialmente en política y economía. Esta reforma tributaria es prueba de ello. Cuando en los Estados Unidos, Europa y el resto del mundo, se discute si se puede permitir que los que ganan no paguen, nosotros acogotamos a quienes no pueden más. Siempre, andando como el cangrejo.

