Por Marcos Silva Martínez.
Da grima escuchar al jefe del Estado y a sus secuaces y cómplices (burócratas y empresarios oportunistas, codiciosos de lo público, ávidos de las canonjías del poder), pontificar sobre las condiciones y perspectivas del desarrollo y el futuro nacional y especular, tergiversar y engañar sobre la situación socioeconómica nacional.
Según esos agoreros sesgados y perversos, Colombia es un referente político y social a imitar, en el continente y el planeta. Pero, a pesar de lo que vociferan, Colombia mantiene y profundiza la mayor inequidad socioeconómica de la región y es la sesta en el planeta.
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Así se tipifica y evidencia el desastre socioeconómico y político nacional y así se garantiza la generación de los estados de inseguridad, criminalidad, impunidad, corrupción y desgobierno que padece Colombia y que justifican la protesta social ante la amenaza apocalíptica del futuro nacional.
La realidad es absolutamente contraria a lo que pregona el gobierno y usufructuarios del poder político y económico: el desempleo crece igual que la precariedad salarial y la pobreza.
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De la población que dispone de trabajo (DANE), más del 62% están en la informalidad (el rebusque) y de ella, más del 50% gana menos de un salario mínimo. Pero el gobierno en contubernio con la extrema derecha empresarial y política, quieren imponer el trabajo por horas y regatear el salario mínimo, para aumentar la informalidad y aumentar la acumulación de capital de los empresarios y dueños de la riqueza en el país.
Para ello cuenta con los viejos cacique frustrados como Vargas Lleras (el arrogante coscorrón) y viejos liberales y godos que acechan la burocracia y el botín de lo público.
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Estadísticamente se sabe que más del 60% de profesionales universitarios trabaja en áreas que nada tienen que ver con su formación académica, con salarios que no superan dos salarios mínimos. Más expresiones del desastre nacional.
Mientras crece el desempleo y el subempleo, crece la importación de alimentos y productos que se pueden producir en Colombia y generar empleo, mediante políticas de estado que protejan los intereses nacionales.
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El déficit endémico de la balanza de pagos y el apocalíptico endeudamiento externo, obedece a la sustitución de la producción nacional, por importación extranjera y al raquítico desarrollo nacional.
Este evitable desastre, presiona la privatización del patrimonio público y el abandono de la producción y suministro, por parte del estado, en sectores estratégicos, como los de servicios públicos, educación, salud y productos agrícolas de consumo masivo.
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La salud, el régimen la convirtió en un criminal negocio, entregado a la anarquía administrativa impuesta por la codicia y la inmoralidad de los nuevos dueños del sucio negocio. El capital transnacional.
El sector educativo, el régimen permitió se convirtiera en un descarado negocio privado destinado a acumular de capital. Además, propició que la educación pública, cayera en las garras de la politiquería y de los delincuentes de cuello blanco, salvo algunas excepciones. Esa es causa de la pésima calidad de la educación, en todos los niveles y catalizador del malestar social.
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El sector eléctrico ya está todo bajo el dominio del privado. Igual sucede con el sector vial, especialmente de los corredores viales de alto volumen de tráfico, con el agravante que el gobierno permite que el privado imponga los precios y le garantiza el éxito del negocio, mediante leyes especiales (ley 1882, art.20-2017). Todo absoluto desastre.
El usuario vial de hoy y las generaciones futuras, como en una dictadura, pagando peajes leoninos impuestos por los contratista-concesionarios.
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La construcción y mantenimiento de la infraestructura vial, en Colombia cuesta dos y tres veces más que en el resto del continente. Comparen costo/kilómetro de los metros de Lima y Quito (dados al servicio en la década 2010) con los costos del contratado para Bogotá.
¿Es un desastre lo que padece Colombia? Desconocerlo e encubrirlo es insensato.
Con la perversidad y mediocridad del actual gobierno, sin duda se profundizó. Todas las decisiones que toma apuntan al fracaso político-social y a la profundización del conflicto social y político.
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Estamos ad portas de elegir nuevo presidente. Parece que ninguno conoce la realidad nacional y mucho menos tiene capacidad para imaginar un futuro mejor y los electores, por su ignoranciaspolítica supina, se antojan de la palabrería descompuesta e incoherente del populismo ramplón que enmascara el peligro de un dictadorsuelo dominado por la ignorancia y la prepotencia.
¿Por qué no se atreven a analizar causas de las real problemática socioeconómica y social nacional?
Ya permeó todos los sectores del desarrollo nacional.
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La cortedad e incoherencia del contenido del discurso, sugiere ausencia de conocimientos y al mismo tiempo, irresponsabilidad, social y política.
Con solo comprometerse y cumplir con la sustitución de importaciones de alimentos, producidos en el exterior y mediante políticas de estado, impulsar la producción nacional, se podría, en cuatro años, reducir el desempleo, y mejorar los ingresos de muchos hogares colombianos. El hambre no se resuelve con promesas y autoritarismo. Se resuelve comiendo.
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Pero deben ser conscientes, que se requiere de productividad y calidad y que para alcanzar ese objetivo, se requiere cultivar tierras en las que se pueda usar la tecnología y la ciencia. He ahí el problema. Se necesita reforma agraria. Esto no debe asustar a nadie. Importa el futuro socioeconómico de la nación.
Recordemos que desde la independencia (1810), Colombia ha padecido la irresponsabilidad y mediocridad de 118 presidente y que en términos generales, cada uno resultó peor que el anterior.
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De los dos candidatos actualmente en la pista, el que menos riesgos puede significar para el futuro nacional, es Petro, siempre y cuando sea capaz y decida rodearse de colaboradores inmediatos capaces y honestos y no de rapaces y funestos.
El voto es determinante para el buen o mal suceso político.

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