Por Aníbal Charry González
En este país donde la viveza es una virtud digna de emulación y alabanza por la sociedad como sinónimo de marrullería, y por supuesto ha hecho carrera la sentencia popular de que el vivo vive del bobo -que es el que cumple con sus deberes y obligaciones como ciudadano y es considerado en términos vulgares como un huevón-, ha florecido igualmente la cultura del no pago estimulada muchas veces por el mismo Estado que con su pernicioso ejemplo lo irradia al grueso de los asociados y hace que fracasen las políticas públicas que los afectan sensiblemente como ha ocurrido con la salud, donde clínicas y hospitales se encuentran a punto de quiebra que no sería raro que amanecieran un buen día cerrados como lo relata Juan Gossaín en una reciente crónica sobre nuestro agonizante sistema de salud.
Y es que esto es precisamente lo que ha sucedido con los 1800 centros hospitalarios que operan en Colombia, que con esa malsana cultura del no pago las tiene al borde de la liquidación con utilidades de papel y con el agravante de que tienen que seguir prestando los esenciales servicios así no les paguen, como que les deben 7.3 billones de pesos las tristemente célebres entidades promotoras de salud EPS como Saludcoop y Cafesalud ya liquidadas como íconos de la corrupción, dedicadas más al negocio con ingente ánimo de lucro que a prestar un servicio decente a los asociados, en medio de la inoperancia para controlarlas por parte del impotente Estado que lejos de meterlas en cintura lo que ha hecho es aupar como se ha dicho este infame filón de enriquecimiento torticero.
Por eso los directores de clínicas y hospitales con razón afirman que son víctimas de esa cultura del no pago que tenemos enraizada como símbolo de viveza, porque nada les pasa a los que no pagan que son las EPS que no cumplen olímpicamente con sus obligaciones, ni el Estado se las hace cumplir, cuando médicos, hospitales y clínicas sí deben cumplir rigurosamente con las exigencias legales que les hace el mismo Estado convertido en cómplice de la quiebra y el saqueo de estas instituciones.
Y es que con un ejemplo perverso de esa cultura de la viveza y el no pago que Gossaín trae en su crónica, nos queda claro ese panorama oscuro y siniestro de nuestro sistema de salud: algunas EPS que deben mucha plata no mandan a su afiliado con una orden escrita , sino que cogen al enfermo y le conectan una aguja hipodérmica en una mano, le agregan algodón y esparadrapo, lo suben a una ambulancia y lo dejan en una esquina, le muestran la clínica y le dicen que vaya caminando hasta allá porque saben que nunca se negarán a atender a un enfermo así no tengan a quien cobrarle.
Así podemos entender cómo es que en este descaecido país lo que impera y florece es la marrullería, que es como también lo refiere Gossaín, el lema de la corrupción colombiana que nos tiene precisamente como estamos.


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