
El incumplimiento del Poder Central a compromisos adquiridos con los productores del campo, genera una inconformidad general dentro del campesinado nacional, que dentro de la marcada discriminación social que presenta Colombia, los convierte en enemigos de la democracia.
El olvido de un siglo, por parte del gobierno nacional, departamental y municipal, al que tiene sometido a los generadores de alimentos desde el campo, el detonante que genera la protesta, aplacada con la fuerza pública que, conforman los hijos de los campesinos, obligados y cazadas en redadas para pagar el servicio militar obligatorio, o acosados por el desempleo desenfrenado convertidos en agentes de la policía.
El paro agrario surge ante desenfrenado incremento de intereses para el sector productores, los elevados costos que imponen los importadores de insumos y fertilizantes, incluida la Federación nacional de Cafeteros, la nula política agropecuaria, la falta de vías hacia los centros de producción agropecuaria de los departamentos, el irracional beneficio que de la producción agropecuaria hacen los entes del gobierno, y la desatención total hacia los habitantes del agro nacional.
A lo anterior se agrega la estigmatización de subversivos que del campesino tiene el Gobierno, aguijoneado por los poderosos esquemas de seguridad, al punto que a los alejados y olvidados centros de producción lo único que llega son las descargas de las bombas y los impactos de las balas de los fusiles, con el pretexto de buscar alzados en armas.
La salud, los servicios públicos, la infraestructura vial, la atención a la vivienda, la educación son simples utopías entre la población campesino discriminada en todos los centros oficiales del territorio nacional.
Todo ese marasmo, unida a la utilización del campesino solo para que deposite el voto, no para elegir, sino para llevar a ineptos y vividores, a los puestos de elección popular, el caldo de cultivo del paro agrario.
