Por Marcos Silva Martínez.
Japón 1945, Corea 1953 y Vietnam 1976 respectivamente, finalizaron sus guerras. Quedaron, política, económica y socialmente, destruidos. Pero las convicciones y decisiones de esos pueblos y sus gobernantes, les permitió superar la pobreza hasta alcanzar el nivel de solvencia que tienen hoy. Los niveles de miseria, de pobreza y subdesarrollo, fueron superados con equidad social.
Otras naciones, sometidas durante años al colonialismo, explotación y sojuzgamiento, al liberarse y elegir gobernantes capaces y honestos, lograron rápido desarrollo integral.
Colombia es “independiente, soberana y democrática desde 1810”.
¿Por qué permanece en estado caótico, en general?
Tiene en el continente, mayor tasa de desempleo y subempleo, de homicidios e impunidad, de desplazados y refugiados internos. Mayores tasas de mortalidad infantil, de pobreza y miseria. Mayor inequidad en redistribución del ingreso y propiedad de bienes materiales. El sano y necesario ejercicio de la política, fue sustituido por la politiquería, el clientelismo y la corrupción, en muchos casos en alianza con organizaciones criminales y carteles del saqueo de recursos públicos.
Los gobiernos hicieron de la educación, la salud, las riquezas naturales y del patrimonio público, mercancías transables en beneficio de minorías, aliada incondicionales del gobierno de turno.
Su crecimiento económico está entre los más bajo de la región, no obstante su ubicación geográfica, sus riquezas naturales, fauna y flora, extenso territorio apto, para cualquier actividad productiva. Bañada por dos océanos, pero sin flota mercante, ni industria pesquera.
¿A qué obedece tanta fatalidad?
A la irresponsabilidad, inmoralidad y venalidad de dirigentes políticos, gobernantes y gremios, que convirtieron el poder político, en lucrativo negocio. Y a la inconsciencia, irresponsabilidad y amnesia patológica de los ciudadanos, que sin fundamento alguno, malbaratan el voto, con lo que coadyuvan las inmundicias del poder público.
Los hechos de corrupción y venalidad, de los últimos dieciséis años, para asegurar el poder político y económico, son aberrantes y amenazan gravemente la institucionalidad y el futuro de la nación.
Los procesos electorales son un festín de dinero y corrupción, de promesas y compromisos falaces.
El costo de ser elegido congresista puede alcanzar entre $3.000 y $6.000 millones y presidente más de $30.000 millones. En ese festín de dinero, navegan candidatos, líderes y capitanes regionales y locales, que sin escrúpulos, negocian hasta con criminales, como ya ha ocurrido. El fin justifica los medios, dicen.
Las denuncias de corrupción en las campañas, pululan a lo largo y ancho del país. Y nada pasa. Es el dramático panorama electoral, que impide la renovación del Congreso, caracterizado como el más ilegítimo de la historia nacional y frustra el desarrollo socioeconómico nacional.
Un congresista, con sueldo mensual de $30 millones, en cuatro años, sin descuentos, alcanza a cobrar los $1.680 millones. ¿La recuperación de la inversión? ¿A cargo de la corrupción a través de la politiquería del estado mafioso institucionalizado?
Todos siempre mienten. El pueblo que aguante. El actual gobierno no es excepción.
“Dizque el que la hace la paga” y futuro es de todos. Sin rodeos defiende lo indefendible e incumple lo que le conviene a sus áulicos, como el acuerdo anticorrupción. ¿Y que decir de su gabinete y designación en altas posiciones a individuos con evidentes y graves cuestionamientos?
Las condiciones, fiscales, socioeconómicas, políticas, morales y éticas de Colombia, son dramáticas y el futuro para las mayorías, incierto y caótico. Lo que plantea en esa materia, con seguridad profundizará la problemática socioeconómica
Sin renovación política y moral del Congreso y sin reformas políticas y jurídicas que conjuren el caos, la anarquía y la proclividad a la concupiscencia institucionalidad, y la derrota de los corruptos, que han gobernado a Colombia, Colombia continuará en la pobreza y la miseria, dominada por la inmoralidad, la corrupción, la impunidad y la mediocridad, dominada y explotada por las élites y oportunistas de siempre y el grueso de la población en el laberinto de la anarquía del poder.


