Por Aníbal Charry González
Los conflictos de violencia y la corrupción que nos avasalla desde los albores de la república, que ahora se encuentra en la cresta de su más perniciosa expresión con la podredumbre destapada en la rama judicial, y a lo cual se suma la polarización aupada por los protagonistas de siempre de estas lacras que nos agobian con fines de mezquinas ambiciones políticas, ha hecho que este descaecido país haya desarrollado una actitud demencial que ha enraizado ese espíritu violento y conflictivo que no nos permite consolidar un ambiente de paz y reconciliación en beneficio de los propios colombianos como lo reclama en su visita el papa Francisco, al punto que hay un sector de la ciudadanía de este país mayoritariamente católico que por razones de fanatismo y polarización política considera no grata su presencia cuando ha venido precisamente a hablarnos de paz y reconciliación; como lo ha hecho la caverna que representa José Galat y muchos otros sectores católicos y cristianos, que confirman ese espíritu conflictivo y demente que ha hecho presa el alma colombiana.
Así lo confirma una excelente crónica de Juan Gossaín sobre la salud mental de nuestra gente, cuyos apartes copio por corresponder a nuestra cruda y cruel realidad. “La violencia y la inseguridad, la polarización política, la manipulación de las redes sociales, las peloteras de sus propios líderes y los escándalos diarios de la corrupción tienen al país alterado. Mantiene los nervios de punta. Cuando el implicado no es un congresista, entonces es un magistrado de las supremas cortes. O, como mínimo un empresario de campanillas”.
Y si al fanatismo religioso y político le agregamos la insania mental, que según Gossaín afecta a 20 de cada 100 colombianos tenemos los ingredientes exactos que nos han permitido incubar ese espíritu violento que hace posible que el clamor por la paz del papa Francisco ante una masa mayoritariamente católica fácilmente caiga en suelo estéril, porque cegados por ese mismo fanatismo adobado con esa insania mental que se aferra a falsos valores religiosos y políticos nos impide apreciar el supremo valor de la paz. Y a lo cual hay que agregar para colmo de males, otro panorama aterrador en los jóvenes a los que tanto se dirige Francisco diciéndoles que no se dejen robar la alegría y la esperanza, revelado por la encuesta de salud mental más completa que se haya hecho en el 2015: “Encontraron que el 13.7 por ciento de los niños entre 7 y 11 años, compuesto por desplazados del conflicto interno tiene problemas mentales”. Lo dicho, tenemos un país patológico producto de la violencia que se empeñan en mantener los que se oponen cicateramente a la visita del papa Francisco porque viene es a apoyar a Santos y no a la paz que prometen volver trizas una vez lleguen al poder. Más enfermo imposible, y ojalá con su prédica de valores humanos antes que religiosos de este Francisco en el cual creo sin ser creyente en su fe, contribuya a sanarnos de la violencia, el fanatismo y la corrupción. Y a encontrar la paz que nunca hemos tenido.
