Por Carlos Tobar
No había terminado el mes de enero, cuando los industriales de la leche ya habían importado casi el 60% del contingente de leche en polvo que está autorizado en los TLC con los EE.UU. y la Unión Europea. A la fecha, más de 8.000 toneladas han entrado al mercado nacional. Según, -denuncia de CEDETRABAJO- registros de la Dian, mostraban como “al 27 de enero se había importado el 58.5 % del contingente arancelario de leche en polvo a EE.UU. permitido para este año, que equivale a 5.147 toneladas de las 8.858 permitidas. De igual manera, en las primeras 4 semanas del año, la industria ya había adquirido 3.161 toneladas de derivados lácteos de la Unión Europea, de un contingente de 5.600 que corresponde al 56.5 % del total de 2017.”
Esta avalancha de leche importada, significa un aumento extraordinario del stock de la industria que va a impactar el precio interno de compra a productores, por presión de la sobreoferta. Una situación de gran preocupación si se entiende que dicho precio, alcanzado con intermediación del gobierno, mantiene un equilibrio precario entre costos e ingresos. Los llamados ‘costo país’: crédito, transporte, energía, insumos, etc., vienen creciendo presionados por varias razones, entre otras por la creciente tasa de cambio y los desbordados impuestos internos.
Si a esto le sumamos que los desajustes del clima, están impactando con gran fuerza al campo, donde los sectores productivos son afectados por los fuertes inviernos y los inclementes veranos, sin que las políticas de mitigación y adaptación al cambio climático, tengan algún grado de efectividad, porque las autoridades ambientales no cumplen con seriedad la función para la que fueron constituidas, se puede entender la gravedad de la situación del sector agropecuario.
En síntesis, un sector ganadero, caracterizado por pequeños y medianos productores, con baja disponibilidad de capital, escasa tecnología, tierras de regular calidad…, que tienen que enfrentar la competencia desleal de la poderosa industria extranjera, europea y norteamericana, beneficiaria de gigantescos subsidios y apoyo gubernamental en sus países de origen, tiene que soportar, además, las ventajas que les otorgan los TLC desiguales que, aceptaron los malos gobiernos de nuestro país.
El corolario, será la amenaza de quiebra, para muchos productores ganaderos, los más pequeños, una ganancia pingüe para la industria, la pérdida de miles de fuentes de trabajo, especialmente familiar y lo peor, la pérdida de la soberanía y la seguridad alimentarias, tan caras para los pueblos en este mundo globalizado.

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