Por Rafael Chavarro.
El liderazgo político en el Huila atraviesa un proceso de envejecimiento prematuro.
No porque falten nuevos nombres, sino porque los viejos caudillos se aferraron al poder con uñas negando toda posibilidad de relevo que no proviniera de su propio linaje.
Así, los llamados “líderes naturales” se convirtieron en guardianes de su sombra, celosos de cualquier brillo ajeno, y responsables de haber dejado una tierra política sin herederos ni escuela.
Gechem, durante años, manejó con destreza la caja de herramientas del poder: los puestos, las elecciones, las alianzas.
Sin embargo, nunca diseñó el camino para su reemplazo.
Su secuestro y el de su cúpula no solo fueron un golpe humano, sino también político: la fulminación de un proyecto que nunca pensó más allá de su propio nombre.
José Antonio, por su parte, administró con mano cerrada su ambición política.
En vez de abrir paso a un equipo joven y aguerrido, prefirió rodearse de viejos mañosos, domesticados como borregos por el mismo patrón.
Convertido en dueño y marca de su propio movimiento, terminó enredado en los negocios y contratos que llevaban su firma, y hoy sus seguidores, como dice la canción vallenata, son apenas una sombra perdida.
Los González villa, es la muestra fehaciente de la desvergüenza política en el Huila.
Villalba tampoco escapa a esta radiografía.
Como buen “nicuro”, se movió entre el agua turbia de lo electorero y la burocracia, sin proyectar figura alguna que asegurara continuidad o renovación.
Su fiel Sancho Panza posa en cada foto, con cara de importante, pero sin rumbo claro, buscando cómo atornillarse en algún puesto nacional que le sirva de perchero para sostener un futuro político que ya no tiene sostén.
Esa generación de caciques vive su última campaña.
Se fosilizaron en el tiempo y, en ese proceso, también fosilizaron a sus seguidores, que envejecieron jóvenes, atrapados en un modelo que no supo transformarse.
Su fórmula fue el trabajo constante —día y noche, 24/7—, pero sin formar relevos, sin sembrar propósito.
Los que vinieron después, llegaron por esfuerzo ajeno, en paracaídas, sin ritmo ni sustancia.
Hoy, el panorama político del Huila carece de figuras descollantes de esa vieja estirpe.
Apenas se vislumbran uno o dos nombres que intentan abrirse paso solos, con la estrategia del arca de Noé: recibiendo a todos, sin distinguir colores, en medio de un diluvio político que amenaza con arrasarlo todo.
Pero hasta ellos corren el riesgo de repetir la historia del chulo de la Biblia, enviando señales para pararse en tierra firme, sin perderse en el lodazal sin regreso.
El Huila político se quedó sin brújula.
Los líderes de ayer se resistieron a enseñar y los de hoy no saben aprender.
Tal vez de este vacío aparezcan lideres y seguidores que logren hacer de esta brega un arte y de este arte una garrocha que pase por encima de la historia nefasta de los viejos que se van apagando.
