Por Carlos Tobar.
Estoy embebido en los juegos olímpicos que se desarrollan en Río de Janeiro, Brasil. Me tienen fascinado, no solo porque desde niño aprendí a practicar y gozar con el deporte, sino porque desde siempre, me tocan la fibra más sensible los logros extraordinarios del esfuerzo humano. Sobre todo, si en él va inmerso el sacrificio de años de trabajo para alcanzarlo. Tuve la fortuna de criarme en un hogar donde mi padre era un amante del deporte, él me inculcó que el lema de “mente sana en cuerpo sano”, era fundamental en la calidad de vida de las personas. Luego, me eduqué en colegios que para la época promovían el deporte, especialmente el Colegio Nacional Santa Librada uno de los colegios nacionales que el estado promovía y financiaba, de manera aceptable, para impartir educación de calidad. La práctica del deporte con profesores e implementos para gimnasia, natación, deportes de conjunto, atletismo…, aparecieron en nuestras vidas ayudándonos a formar como ciudadanos e inculcándonos el trabajo en equipo. Durante toda mi vida esa formación integral me hizo aprender a apreciar los deportes y el estilo de vida sana, con especial atención en la nutrición, prácticas sanitarias adecuadas y vida disciplinada, como valores intrínsecos de mi ser.
Por eso, sentarme frente al televisor a ver la gestas de miles de jóvenes de todas las latitudes, razas, religiones, creencias políticas, posiciones sociales…, me apasiona hasta perder la noción del tiempo. Creo que todos los deportes, tienen su fuerza propia que los hace interesantes. Obvio, según los hábitos de cada país, hay unos que nos gustan más que otros, tal vez porque los entendemos o los hemos practicado. Desafortunadamente, las diferencias entre los países con recursos y los que no los tienen, o quienes tienen una política pública seria para promoverlo y quienes no, se traduce en los resultados. Tan abismal es la diferencia que, por ejemplo, el tal vez mejor deportista de todos los tiempos, Michael Phelps, de los Estados Unidos, ha ganado más medallas de oro, en los tres juegos olímpicos en que ha participado, que la mayoría de los países que participan en ellos.
No obstante, emociona saber que en un país como el nuestro, a pesar de la débil política deportiva de alta competencia, muchos de nuestros jóvenes, compensando con el esfuerzo personal y el sacrificio de familias y amigos la ausencia estatal, ha llegado a situarse en niveles destacados. Cómo no conmoverse hasta las lágrimas con los triunfos de Óscar Figueroa y Caterine Ibargüen y Yuberjen Martínez y Yuri Alvear, y todos los demás que vengan en las competencias que faltan. Toca decir que, en últimas, la identidad nacional con sus símbolos, la bandera y el himno, están quedando reducidos a los logros de nuestros deportistas, porque de las élites gobernantes no es mucho lo que puede esperarse.
“Citius!, altius!, fortius”, “¡más rápido!, ¡más alto!, más fuerte”, el lema que el barón de Coubertin, estableció como guía para el deporte olímpico mundial, debe imperar como norma para el comportamiento de los atletas y de los pueblos del mundo en su constante lucha por alcanzar un mundo mejor.




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