Por Aníbal Charry González
Decía el editor de El Tiempo Jhon Torres en pasada columna, que los políticos como contralores equivalían a los ratones cuidando el queso. Y quien puede discutir que le asiste plena razón en su tajante afirmación, en tanto agregaba que si había un consenso entre los colombianos para la eliminación de ciertas entidades convertidas en focos de ineficiencia y corrupción, eran precisamente las contralorías territoriales, que no obstante esa imperiosa necesidad, seguían vivas “por la poderosa maraña de intereses políticos y económicos que las blindan”, que equivale igualmente, simple y llanamente, a la necesidad de mantener esas bacterias dañinas para la administración pública, como tantas otras entidades que están al servicio no de los intereses nacionales, sino de los nefandos intereses de la politiquería, sinónimo de corrupción.
Por eso no existe la más mínima posibilidad de que sean eliminadas, pues siempre tendrán el mejor aliado para que sigan respirando cual es el igualmente contaminado Congreso , donde lo primero que eliminaron del proyecto de reforma a la Contraloría General, pese a la categórica recomendación que hiciera el ex contralor Edgardo Maya, fue el parágrafo que acababa estas inútiles y perniciosas entidades, con el fin de mantenerlas vivitas y funcionando para júbilo de la politiquería y la corrupción como ha sucedido recientemente con el pillo contralor de Antioquia Sergio Zuluaga, que traficaba con su cargo con fines de enriquecimiento ilícito personal -y estoy seguro que también para sus mentores politiqueros y corruptos que lo eligieron-.
Todo lo contrario, el cuerpo legislativo lo que ha hecho con el proyecto de reforma a la Contraloría que ya va en séptimo debate, es fortalecer las contralorías territoriales, no precisamente para que cumplan con su función de control fiscal, sino para darles mayor poder de intervención para generar hechos de corrupción y clientelismo bajo una fachada de meritocracia en la elección de los contralores, que como ya sabemos no se obtendrá nunca, mientras los encargados de hacerla sea la clase politiquera enquistada en concejos y asambleas, que finalmente, así los ternados o seleccionados sean enviados desde las alturas celestiales con la rúbrica de la santísima trinidad, en estas vitandas corporaciones como ocurrió en el Concejo de Neiva, terminan concertados para delinquir eligiendo al más corrupto de los candidatos que se ponga a su servicio, producto del contubernio de siempre con la politiquería.
De tal manera que seguiremos invictos en la materia, porque por más que pretendan involucrar meritocracia en la elección de los contralores , no tendrá ninguna operancia para que pueda realizar el elegido una labor eficiente y transparente, pues terminará pervertido contagiado por sus mentores en los pactos simoníacos para concretar su elección, que por supuesto, como es bien sabido interviene el gobernante de turno para tener contralor de bolsillo que cumpla eficazmente con su función de ser cómplice de los robos de siempre a la administración pública, no obstante el maquillaje meritocrático, que como he dicho no impedirá el atosigamiento de estas entidades infectas que debían desaparecer, pero que seguirán vivas y actuantes para beneficio de la politiquería y la corrupción.

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