LA REUNIÓN DE PASTRANA Y URIBE CON TRUMP

Actualidad Columnistas

Por Carlos Tobar

En plena Semana Santa, mientras la mayoría de los colombianos estaba dedicada a los ritos religiosos o vacacionaba durante una de las épocas de descanso anual, dos de los personajes más oscuros de la élite, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe, se reunían con Trump en la casa vacacional privada –Mar-a-Lago, Florida– del actual presidente de los Estados Unidos. De manera informal, según las fuentes periodísticas que difundieron la noticia. De qué se trató en dicha reunión es, en este momento, desconocido para la opinión pública. Algo, dio a entender el expresidente Pastrana en su cuenta de Twitter: “Gracias a @POTUS @realDonaldTrump por la cordial y muy franca conversación sobre problemas y perspectivas de Colombia y la región.” Tal vez, fueron más explícitos dos de los alfiles del expresidente Uribe, el exprocurador Alejandro Ordoñez y el exsenador Juan Lozano; el primero tuiteo: “Esperanzadora reunión entre Trump, Uribe y Pastrana, Santos no hará lo que se le venga en gana”, el segundo también a través de ese medio, dijo: “Ojalá podamos conocer las conclusiones de la reunión entre Trump y los expresidentes Uribe y Pastrana. Su importancia es enorme para Colombia”. ¿Cuál es la importancia que, para estos personajes, tiene su reunión con el presidente de los EE.UU.?

Desde tiempos inmemoriales, por allá desbrozando las primeras décadas del siglo pasado, cuando la expansión por América Latina de los grandes capitales norteamericanos se abría paso, de manera incontenible, en busca de materias primas básicas para su poderosa industria, Colombia entró a la órbita de influencia directa de los gobiernos de los EE.UU. Primero, fue el petróleo, del cual hay una triste y dolorosa historia económica, social y ambiental; luego fueron los enclaves agroindustriales tipo la zona bananera, con otra historia de opresión similar. Posteriormente, como resultado de la II Guerra Mundial imperialista, una guerra de repartición no solo de áreas de interés, sino de mercados cautivos, se afianzo el control imperialista, de tal forma que, desde la organización de la producción, hasta la estructura de administrativa del estado, fue determinada por la asesoría estadounidense. Desde esa época, no hay un evento político de importancia que no haya tenido como un factor determinante, la injerencia de la potencia del norte: desde el réspice polum (mirar hacia el norte) de Marco Fidel Suárez.

Que eso ha sido así, lo prueban mil y un hechos de la vida nacional. Lo peor, es que los resultados han sido nefastos para las aspiraciones de desarrollo y progreso nacional, soberano e independiente del país. El país que tenemos hoy, de crecimiento deformado y contrahecho, que no suple las necesidades básicas de los colombianos, empezando por el derecho al trabajo justo y a una economía industrial, agrícola y de servicios próspera que, pueda garantizar ese trabajo, ha sido acomodado, principalmente, a los intereses del capital extranjero y a los intereses mezquinos de la gran burguesía intermediaria y, de los grandes terratenientes.

Para mantener, ese mundo de privilegios para las minorías y los extranjeros, las élites colombianas han apelado a todos los métodos de dominación: desde el engaño, la trapisonda, el embaucamiento, hasta el uso indiscriminado de la violencia: un ciclo que tuvo como motivo detonante, el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Ese ciclo histórico, que tuvo comienzo hacia el fin de la segunda gran guerra y el magnicidio de Gaitán, que fue alimentado por la “guerra de guerrillas” y el influjo perverso del narcotráfico, es el que se está cerrando con la negociación que conduce al actual proceso de paz. Quitar de en medio en la lucha política nacional, el factor distorsivo de la violencia, permitirá que los colombianos, poco a poco, progresivamente, vaya identificando los problemas de fondo que son causa de sus desgracias. Con unos pocos meses del silenciamiento de los fusiles, un escándalo como los sobornos de Odebrecht, ha dejado al desnudo a todos los representantes de las élites: santistas y uribistas de hoy, los Lleras, Ospinas, López, Gómez…, de ayer.

Ese es el mundo que Pastrana y Uribe, extrañan, porque fue un modelo exitoso para engañar a los colombianos. Es el que quieren volver a imponer con la ayuda de Trump. Ese es el objetivo de sus gestiones para la intervención del gobierno norteamericano, para que este nuevo vaquero gringo, le ordene al gobierno santista abortar, con exigencias inaceptables para las Farc y el Eln, el proceso de paz. Su naturaleza apátrida y, su ambición sin límite por mantener privilegios que los hacen potentados estrambóticos, frente a la miseria de los colombianos de trabajo, los lleva a actuar como cipayos gringos.  La argumentación que llevan ante Trump, es la de asustar a los inversionistas con el peligro de venozalización de Colombia: el castro-chavismo.

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Su desgracia, es que el escenario internacional, cambió. Ya, no es la globalización arrogante del gran capital financiero de las décadas 80 y 90 del siglo XX; ahora es la destorcida de la crisis de alta concentración del capital, que afecta a los pueblos no solo de los países en desarrollo, sino los de los países ricos y desarrollados. El “populismo”, es decir políticas de gobierno que tratan de solucionar los crecientes problemas de las clases de trabajo, se extienden por todo el mundo como una epidemia: incontrolable. Así, tome en algunas partes la forma de soluciones de derecha, tratando de reeditar la época dorada del capitalismo, esa rebelión terminará mostrando las debilidades y contradicciones insalvables de un sistema que es insostenible, porque está basado en la repartición inequitativa y desigual del producto social. Ni Trump, con sus torpezas, alimentará confrontaciones innecesarias (v.gr., la guerra irregular de las guerrillas) en un mundo que se incendia a pasos agigantados.

Finalmente, Pastrana y Uribe, quedarán como los traidores que son; los vende patria que no se paran ante nada, ni siquiera ante las desgracias de los más humildes, con tal de satisfacer sus ambiciones de poder y privilegios. El corolario será que, el gobierno de Santos, con todas sus inconsecuencias, le sirve mejor a los intereses del gobierno norteamericano, con el nadadito de perro que desarmó a las FARC y aplacó un conflicto heredado de la guerra fría y la lucha contra las drogas. ¡Vaya paradoja!

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