Por Carlos Tobar
El domingo pasado se vivió en Cataluña una jornada histórica: el referendo por la independencia total de esa región, hasta hoy una comunidad autónoma dentro del estado español, para ver de convertirse en un Estado independiente. La paradoja es que, España fue el primer territorio que en la historia logró su unidad nacional –por la época en que se “descubría” América–, luego de un largo proceso de lucha contra la invasión musulmana que duró ocho siglos. Se desbrozaban los primeros trechos de la sociedad burguesa, una de cuyas características particulares iba a ser la
conformación de las modernas naciones: una comunidad de territorio, lengua, intereses económicos, cultura e historia común, poder político centralizado, etc. En ese proceso, todas las formaciones nacionales se dieron atropellando derechos de minorías y nacionalidades, tal el caso de España, donde la premura por derrotar al imperio musulmán, se hizo avasallando a vascos, catalanes y otros pueblos minoritarios que hundían sus raíces culturales en miles de años de vida común, pero que por la particularidad territorial terminaron amarrados por centurias al Estado Español. La historia de la confrontación es larga y sinuosa. Tal vez, en este corto resumen histórico, valga la pena resaltar –por lo que nos toca–, la Constitución de Cádiz de 1812, durante la invasión napoleónica, cuando Fernando VII, por entonces el monarca del imperio, hubo de reconocer la soberanía del pueblo como fundamento del poder. Poco duró ese reconocimiento, pero quedó la simiente.
Durante la guerra civil de la primera mitad del siglo XX, el estado español debilitado por la lenta ruina del viejo imperio, fue reunificado mediante el uso de la violencia por los ejércitos fascistas de Francisco Franco, apoyados por la fuerza expansionista del nazismo alemán. Era 1936. Tras la muerte del dictador, una constitución de transición –la de 1978–, aplazó las reivindicaciones nacionalistas de las ya reconocidas comunidades autónomas, entre ellas Cataluña. Un manejo político erróneo que, se ha negado a reconocer las diferencias evidentes con varias nacionalidades, así como la urgencia de atenderlas si es del caso con una modernización del contrato nacional establecido en la constitución española y, la crisis de la globalización del “libre comercio” que en España ha significado la pérdida de miles de empresas y empleos, tras la crisis financiera del 2008, ha conducido a la sin salida de los tiempos presentes. Porque, digamos, lo de Cataluña, es la reedición en Europa del Brexit del Reino Unido, con todas sus contradicciones y, sobre todo, retrocesos históricos.
En el mundo de hoy, las reivindicaciones de los pueblos por una mayor igualdad, el gran problema de la sociedad contemporánea, pasa por la oposición y la lucha contra la voracidad insaciable del gran capital financiero parasitario. Esa desigualdad extrema, donde el 0,001 por ciento concentra el 90% de la riqueza mundial, ha llevado –como lo han probado varios estudios, v.gr. Piketty, Oxfam– a la más alta concentración de capital desde los preludios de la I Guerra Mundial Imperialista. Y, está convulsionando las relaciones sociales en y entre todos los países del mundo: Estados Unidos, Europa, Rusia, China, medio Oriente, África, América Latina, Asia, son campos de lucha entre los desarraigados de la globalización y las fuerzas expansionistas y sin control del gran capital. Los tremores anuncian grandes convulsiones. Cataluña, es uno más de esos desajustes.

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