Por Aníbal Charry González
La que aplican en los Estados Unidos de Norteamérica, claro, y no la que aplicamos en Colombia cuando tenemos un sistema penal que se supone debía funcionar a su imagen y semejanza, por la sencilla razón como atinadamente lo lapidara el maestro Darío Echandía, de que una cosa era la ley que se aplicaba en Dinamarca, y muy otra la que se aplicaba en Cundinamarca, mejor dicho en nuestro país, donde nada funciona, especialmente en el campo de la justicia, no obstante que todo el derecho que aplicamos es importado, porque no tenemos un sistema penal que consulte nuestra idiosincrasia careciendo por supuesto de política criminal, y por eso navegamos en las procelosas aguas de la criminalidad de todo pelaje, en medio de la más rampante impunidad.
Cuando vinieron los fiscales norteamericanos al departamento del Huila, promocionando las bondades del sistema penal que funcionaba en los Estados Unidos, tuve la oportunidad de decirles como profesor de derecho, que aquí no iba a funcionar -tal como lo estamos viendo con un sistema penal inútil para nuestra sociedad y convertido en un frankenstein totalmente colapsado, que no copiamos siquiera bien del norteamericano-, porque para que funcionara quedaban faltando cinco cosas sustanciales que nosotros jamás podríamos tener por razones obvias: los fiscales americanos, los jueces americanos, el jurado americano, la plata de los americanos porque era el sistema penal más efectivo del mundo, pero el más costoso; y por supuesto, la voluntad política de los americanos para administrar justicia. Y dicho y hecho; sin fungir de arúspice pero conocedor de nuestra particular idiosincrasia, el sistema no podía funcionar por esas carencias elementales.
Eso lo podemos ver al canto con lo que pasa en Dinamarca, o sea en los Estados Unidos, y lo que pasa en Cundinamarca, o sea en Colombia. Y específicamente, con lo que ha pasado con el expresidente de la Federación Colombiana de Fútbol, Luís Bedoya, otro megabandido de los que se dan silvestres en Colombia posando de decentes y gozando de total impunidad, a quien solo le bastó un silbido de sólida imputación de los eficientes fiscales americanos, para que inmediatamente viajara como manso cordero a rendir cuentas de sus crímenes, sabedor de que allá la justicia es asunto serio, viéndose obligado a renunciar a su poderoso cargo para negociar con ella y tener que devolver lo que más le duele a estos criminales de cuello blanco, que es su riqueza malhabida.
Si en los Estados Unidos no hubiesen develado el “Fifagate”, con todas sus corruptas ramificaciones, Bedoya hubiese seguido siendo un prócer digno de admiración por esta sociedad laxa con el crimen de la mano de nuestro precario e inútil sistema penal que solo condena bandidos sorprendidos en flagrancia, y negocia penas irrisorias dejándoles incólume su torticera riqueza burlándose de la justicia camino de la impunidad como Samuel Moreno, los Nule, Pretelt y tantas otras yerbas, que defendidas por la Procuraduría de Ordóñez hacen posible que solo aspiremos a verdadera justicia cuando la apliquen los norteamericanos, que sí tienen la voluntad política que nosotros no tenemos sumidos en la corrupción, para administrarla.

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