Por Luis Alfredo Ortiz Tovar.
El históricamente famoso, y conocido “Contrato Social” de Jean Jacques Rousseau, no fue cosa distinta en términos de Diana Uribe, que un pacto para hacernos pasito entre el gobernante, y sus gobernados, en la búsqueda de salir de los actos de ignominia como se ejercía el poder, tal cual el absolutismo francés. No sin razón, alguno de sus reyes diría “El Estado soy yo”, significando que era el dueño del día y a noche, la vida y la muerte. Esa fue entre otras cosas la válida razón para que se llevase a cabo una verdadera revolución, la Francesa de 1.789. Libertad, igualdad y fraternidad, fueron las consignas de este nuevo modelo de Estado.
Luego de más de 200 años de gobiernos y gobernantes, los gobernados permanecemos al vaivén de aquellos, en un sinfín de ilusiones que permita generarse el verdadero espacio y reconocimiento en quien es o debe ser la real razón de un Estado, la sociedad. Se han encargado de dividirnos en estratos, por ello unos de mejor familia que otros, con mejores prerrogativas que otros, como si el gobierno no sea para todos, siempre en la búsqueda del bien común. El sigo XXI, en vez de ser otra vez el siglo de las luces, se ha convertido en el siglo de la ignominia, el que ha apalancado formas más oprobiosas de mandato. A hoy, un Trump, creyendo que quien vale es su casa, incluso desconociendo su solar, despotrica y coloca en la picota a quien por mera sospecha pueda ser un delincuente, por estigmas, mas por fanatismo religioso que otra cosa; un Putin que cree entender que remembrar el poder, lo legitima para obligar otras culturas a hacer parte de la suya, con el solo propósito de recuperar un espacio en la geopolítica mundial; por las goteras de nuestros pueblos, gobernantes que han dedicado su paso por las administraciones, para su lucro personal y partidista, una cascada de injusticias mediante la exclusión, el avasallamiento y la extrema pobreza, con la única consigna que podíamos denominar como el juego de antaño, “hágase rico”.
Los Estados, volverán a serlo solo en la medida en que ese pacto social reivindicado en revoluciones como la Francesa, entiendan que la sustancia es la persona humana, y que independientemente de barreras formales que delimitan un país de otro, o una ciudad de otra, o un color político, el fin último siempre será la especie humana. Son tan abrumadores los extremos en la búsqueda de riqueza en logros individuales, que la misma naturaleza ha sido depredada, que cuando se den cuenta del daño causado, ni siquiera ellos y sus familias, junto con sus riquezas tendrán un lugar en este único espacio para habitar el universo. No me canso de decir, la política y en ella sus gobernantes, habrán de entender que se ejerce no para servirse, sino para servir. Para ayudar a ser realidad la premisa, actitud de la sociedad.
