Por Aníbal Charry González.
Cualquiera entendería simple y llanamente que hacer plata sin robar es trabajando honradamente o haciendo empresa o negocios en forma recta y transparente, pero en Colombia por cuenta de la clase política y los gobernantes corruptos que tenemos a tutiplén integrados en carteles de todo tipo, enriquecerse sin robar es cobrar coimas para realizar actos propios de sus funciones que se considera lo más normal del mundo, al punto que un alcalde redomadamente corrupto como el de un pueblo de Cundinamarca llamado El Rosal de nombre Hugo Orlando Arévalo, afirmó sin ruborizarse convencido de que es un funcionario público impoluto, que “Esto de ser alcalde es una maravilla. Uno se enriquece sin tener que robar”.
Así lo relató Salud Hernández Mora en una crónica publicada en El Tiempo, refiriéndose a esta percha del cinismo y la corrupción, genuino representante de tantos alcaldes corruptos en este desgraciado país, que fue denunciado por un grupo de propietarios de terrenos en ese municipio que querían adelantar un proyecto inmobiliario, a quien les pidió la coimita honrada de 8000 millones de pesos, lo cual llevó a que estos actuando como deberían actuar todos los constructores para combatir la corrupción -caso insular en este país capturado por corruptos de todo pelaje-, decidieran abortar el proyecto y no negociar con el bandido alcalde, denunciándolo además en la Procuraduría y en la Fiscalía.
Este caso de rampante corrupción en la administración pública que debería alarmar a nuestra sociedad no produce ni frío ni calor, porque es el modus operandi de la mayoría de los gobernantes que elige y reelige “el pueblo”, como que este malandro que funge de alcalde había sido reelegido por contratistas y empresarios corruptos que como ya sabemos son los que ponen la plata y los votos para elegirlos, de tal manera que el pacto del gobernante saqueador es con estos traficantes para enriquecerse según su vil filosofía sin robar, que es lo que entienden como pulcro con el cobro de coimas que por supuesto después se traducen en obras públicas y construcciones de mala calidad a precios de jeques árabes que se paga con la plata de todos cuando no colapsan como en Neiva, y que no son más que monumentos a la corrupción por el accionar sistemático de estas pandillas criminales, que son más peligrosas y siniestras que las BACRIM por el ingente daño que causan a la sociedad con la mampara de la legalidad.
Por eso ya nada nos aterra en materia de corrupción, de tal manera que la contienda electoral se plantea como ahora en sindicar a los adversarios políticos de ser más corruptos para que las clientelas también corrompidas terminen votando por los mismos cuatreros como el venal alcalde de El Rosal y tantos otros políticos de su calaña que prometen luchar contra la corrupción pero no proponen medidas radicales para hacerlo, sabedores de que la corrupción es el régimen que nos rige que hay que mantener para seguir “enriqueciéndose sin robar” a costa de la desgracia eterna del pueblo colombiano. De ahí que casi hay más candidatos que electores
