EL PUENTE DE LA BRAVURA

Actualidad Columnistas

Por: Carlos Tobar

En medio de la desesperanza que generan gobiernos mediocres y corruptos que todo lo dañan, en un régimen podrido hasta la medula, es un aire refrescante el ejemplo de trabajo, ingenio y perseverancia que nos han dado por estos días los campesinos de Colombia, Huila. Aislados por la naturaleza, los habitantes de las veredas Playón, Armenia, Zaragoza, Holanda, Vernaza y Antillas, que vieron acongojados como en 2017 el río Blanco se llevaba el puente El Totumo, su única conexión con la cabecera municipal, que es como decir, la forma de comunicarse con la civilización, decidieron enfrentar la situación con sus propias fuerzas.

Abandonados por el estado que indolente los dejó al garete, luego de que la comunidad apelara a los gobiernos departamental y nacional en busca del apoyo necesario para superar la calamidad. Además, conscientes de la incapacidad de la administración municipal, cuyos recursos no alcanzan para cubrir ni siquiera los gastos de funcionamiento, estas decenas de familias decidieron “tomar el toro por los cuernos”.

Armados del espíritu indomable de las gentes de trabajo, emprendieron en solitario la tarea de reconstruir el puente roto. Recogieron los restos retorcidos de la estructura metálica que la avalancha había arrastrado casi un kilómetro, apoyados en la fuerza colectiva y, con la paciencia de Job, soltaron tornillo por tornillo, enderezaron las vigas y rearmaron las secciones del puente.

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Como no tenían recursos para comprar más cable de acero sobre el que va montado el puente, así como, para las reparaciones de la estructura metálica y la arena y el cemento de los estribos, apelaron a prestamistas locales que les facilitaron 25 millones de pesos para financiar la obra. Un préstamo que se comprometieron a pagar la mayoría de las familias de las veredas.

Acompañados de un maestro de obra, día tras día, semana tras semana en una labor de trabajo constante, terminaron por reconstruir su puente y habilitar nuevamente la comunicación vial del territorio. El puente del Totumo, era otra vez un punto de encuentro y una perspectiva de progreso.

Varias lecciones quedan de esta ejemplar empresa. La primera es que la fuerza, iniciativa y capacidad de ejecución de los trabajadores, en este caso del campo, es infinita. Las grandes transformaciones de la sociedad guardan este secreto. La segunda es que los recursos manejados por los dolientes, rinden con una eficiencia extraordinaria. Si la reconstrucción del puente se hubiese hecho a través de la contratación oficial, habría costado centenares de millones de pesos y, no se hubiera terminado nunca, de manera cabal. Pero, tal vez la más importante es que la sinergia de la fuerza comunitaria, con la organización y capacidad económica de un estado honesto, capaz, comprometido con el progreso del pueblo, es la fuerza transformadora de la sociedad.

¡Gracias, infinitas gracias a estos campesinos doblemente colombianos!

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