¿A qué se debe esta tendencia a la fragmentación de las sociedades en pedazos que no se toleran? El aumento de la desigualdad económica, la precariedad económica y la sensación de injusticia social son, sin duda, algunas de las causas de la polarización política. Moisés Naím
Por Carlos Tobar
El domingo pasado, Moisés Naím, analista internacional de nacionalidad venezolana y raíces judías, residenciado actualmente en los Estados Unidos, expresó en su columna habitual publicada en diversos periódicos del mundo, entre ellos El País de España y El Tiempo de Colombia que, la polarización política era un fenómeno característico de la globalización.
De ese artículo extraje el epígrafe que encabeza esta columna. Destaco de ese escrito la franqueza con la que reconoce la causa final de la crisis política que sacude el planeta: “El aumento de la desigualdad económica, la precariedad económica y la sensación de injusticia social…”. Porque, tal vez, la plaga más grave que agobia a los pueblos es la desigualdad extrema en todas las sociedades del mundo de hoy.
No se escapa nadie: ni las sociedades de países desarrollados, ni los países en desarrollo. En ellas las élites en el poder que, representan a menos del 1% de sus habitantes, controlan el 90% o más de la riqueza social que se genera anualmente. En el otro extremo de la ecuación, un porcentaje inmenso de la población que puede superar el 70% o el 80%, son excluidos o están al margen de los beneficios de los avances económicos y sociales de la sociedad.
Con un desequilibrio de esas proporciones, donde la sensación de impotencia y no futuro está generalizada en la mente de los pueblos, es inevitable que la inestabilidad política sea la constante en el comportamiento social. Y, en consecuencia, la reacción de esas inmensas mayorías de ciudadanos desarraigados es la de intervenir en la dirección política de sus sociedades, desplazando a la clase política tradicional “de izquierda y derecha” que se ha plegado para sobrevivir a ese mundo del gran capital concentrado en poderosísimas multinacionales de la banca, la industria, el comercio, el transporte…, en fin, de los grandes negocios.
Las reacciones han sido múltiples y variadas: la elección de Trump en los EE.UU., o el desbarajuste del Brexit en la Gran Bretaña, o la revolución de los “chalecos amarillos” en Francia, o la inestabilidad general de Europa, o las peladuras de China, o la elección de Bolsonaro en Brasil o la de López Obrador en México. En realidad, no hay una región o país que no esté siendo sacudido por esta reacción social de las mayorías sociales.
La primera consecuencia es la escisión de las sociedades entre quienes quieren mantener el viejo orden y quienes quieren cambiar esa situación. Con visiones disímiles por la incomprensión de las causas finales del problema. La conclusión de Naím, empieza a mostrar una síntesis de cuál puede ser el futuro.


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