Por Carlos Tobar
Tengo que empezar por decir que el régimen que encabeza Nicolás Maduro no es de mis afectos ni convicciones. Es más, no compartí la política aplicada en Venezuela por el coronel Hugo Chávez que, denominó de manera rimbombante, “Socialismo del siglo XXI”: ni socialismo, ni del siglo XXI, ni nada que tenga que ver con el avance de las ciencias y el desarrollo social de los pueblos. Esto es una cosa.
Otra muy distinta, es la política intervencionista de potencias, países e intereses económicos poderosos que, quieren pescar en el río revuelto de la crisis social y económica del país suramericano. Hay que saber que Venezuela es uno de los países más ricos del mundo en recursos naturales, especialmente petróleo del que posee las reservas más grandes del mundo. Un “bocatto di cardinale” para los tiburones financieros internacionales; no de otra manera se entiende que en la confrontación por esa riqueza contiendan EE.UU., Rusia y China. Hasta la élite colombiana se relame los bigotes pensando en los negocios fabulosos que podrían hacer si cayera el tirano Maduro. Esta es la razón de fondo por la que los gobiernos de Santos y Duque han estado comprometidos en tal aventura.
Otra razón es de carácter ideológico. El hoy senador y expresidente Álvaro Uribe que ha sido desde siempre un fiel intérprete de los intereses de las élites más retardatarias y, que sabe que el modelo de saqueo, corrupción y perpetuación del atraso en Colombia, montado a lo largo de casi 30 años de globalización neoliberal, es insostenible, ha entendido que hay que crear distractores políticos, que aparten a los ciudadanos de la identificación de los problemas reales: el desempleo, la pobreza, los pésimos servicios de salud y educación, los altos impuestos, la corrupción…Así, durante sus dos gobiernos 2002-2010, enfiló baterías contra las FARC y las guerrillas a quienes convirtió en los enemigos principales del pueblo colombiano.
Superado ese obstáculo con el proceso de paz de Santos, se ha dedicado febrilmente a encontrar un sustituto a las FARC o, si es el caso, revivirlas. De ahí su invento absurdo del castrochavismo. Este es el nuevo coco para asustar incautos e ignorantes. Pero, no se quedó ahí. Con tenacidad y, a lo largo de muchos años les vendió a sus amigotes del Partido Republicano en los Estados Unidos, Mario Diáz Balart y Marcos Rubio, los generales sin charreteras de Donald Trump para esta epopeya colonialista, que el régimen de Maduro debía ser derrocado. La historia reciente ya la conocemos: su obsecuente servidor, el subpresidente Duque, ingenuote e ignorante le comió cuento a Uribe, a los halcones gringos y se montó en la andanza quijotesca llegando hasta comprometer al país en una salida militar. Los sucesos del fin de semana con la reacción violenta del régimen venezolano, previsible y esperable para cualquiera con dos dedos de frente, los devolvió a la realidad. La lánguida reunión del procónsul Pence con el autodenominado grupo de Lima es la patética cara del fracaso.

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