Por Carlos Tobar
A veces nos cuesta aceptar el ciclo natural de la vida; sobre todo, cuando el cierre de ese ciclo es el de una persona que nos toca de cerca. La desaparición física de un ser querido, por la cercanía que tenemos, por los afectos que se construyen en años de vida común, por los propósitos familiares, por las bregas, las alegrías, los pesares, los logros…, nos golpea en lo más íntimo, en las fibras más sensibles. Este pasado fin de semana, se fue para siempre mí amada madre: Beatriz Gutiérrez de Tobar, y ya la extrañamos en demasía.
Era de recia personalidad, fuerte, valiente, sin dobleces, forjada en el trabajo duro y constante, honrada consigo misma y con sus congéneres, valores que nos inculcó a todos sus hijos y nietos. Sin concesión alguna, porque no transigía en los principios: había que subir todos los escalones de la escalera, con constancia, perseverancia, firmeza, paso a paso, sin hacer trampa. Siempre nos enseñó que el valor verdadero estaba en lo que se conseguía con esfuerzo.
Fue una mujer adelantada a su época. Peleó como ninguna por sus derechos y los derechos ciudadanos de sus contemporáneos. Entendía que en la igualdad de oportunidades, descansaba la estabilidad social. Que la desigualdad era una tara de la sociedad, en donde, sobre todo las mujeres llevaban siempre las de perder. Forjó con mi padre, un médico, liberal de pensamiento, un hogar donde nos criamos con mis hermanos, en la más absoluta libertad. Sin perder nunca de vista que debíamos ejercerla con responsabilidad. A fe que aprendimos bien la lección. Hemos sido iguales en la diversidad, sin postrarnos ni humillar a nadie por su condición social o laboral. En todo eso somos hechura de mi madre, quién tuvo que terminar sola la tarea ante la temprana desaparición del jefe de la familia.
Siempre se lamentó que las oportunidades, especialmente de las mujeres, fuesen tan restringidas. Por la pobreza en la que se debatía el país, durante su juventud, su formación estuvo restringida a la educación secundaria, pero fue una estudiante de toda la vida. Por ejemplo, si para ayudarnos en las tareas escolares, hubo de emprender la aventura del conocimiento en ciencias o matemáticas, estudió con nosotros. Me sorprendía el razonamiento complejo que logró desarrollar, sin haber tenido acceso a la educación superior, en temas tan variados como la organización social o las artes. Una de sus frustraciones fue no haber podido dedicar más tiempo a su formación musical, arte por la que tenía una afición especial. Tuvimos el privilegio de, en muchas noches de insomnio o enfermedad, dormirnos con el arrullo enternecedor de su voz.
Despedirse de una madre es muy difícil. Es en extremo, una experiencia dolorosísima. A los Tobar Gutiérrez, nos ha tocado vivirla en estos días. Y, no podríamos resistirla si no estuviera alimentada por el infinito amor que Beatriz nos prodigó desde siempre. Su reciedumbre nos de la fortaleza para soportarlo. Adiós, mamá.

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