Por Marcos Silva Martínez.
Se dice que, entre los sistemas de gobierno el menos malo es la democracia. En la práctica, el concepto de democracia, se interpreta y aplica, de acuerdo con los intereses, apetitos, capacidad mental, formación intelectual, capacidad de comprensión, conciencia social y de honestidad de los intérpretes gobernantes.
Siempre, en todo el mundo, los resultados del ejercicio del poder, lo demuestran.
Esa realidad, aplicada y reflejada en el manejo y uso del poder público, es lo que define el éxito o fracaso de las controvertidas democracias, en todas las naciones.
Los efectos se traducen en buenos o malos gobiernos y los gobernados son los que reciben esos efectos, para bien o para mal.
Y son los electores los que eligen sus gobernantes. Así, intrínsecamente los electores son responsables de padecer malos gobiernos, en muchos casos, inducidos por la perversidad y el engaño de sus gobernantes.
Es por eso que no se deben elegir individuos con trayectorias oscuras o que hayan demostrado ya, ser incapaces o inútiles en el desempeño de responsabilidades sociales, como funcionarios públicos, como concejales, como diputados, como congresistas, como presidente o jefes de gobierno, jueces, etc., o que carezcan absolutamente de experiencia administrativa.
Por todo eso, todo ciudadano debe procurar informarse de lo que ocurre en los diferentes niveles del poder y buscar hasta entender, quién o quiénes son los responsables del desorden en el manejo y administración de lo público, en particular del presupuesto y la seguridad de los ciudadanos.
En Colombia no se desarrolla ni practica verdadera democracia. Hay una caricatura de democracia. Democracia no significa solo tener derecho de ir a votar o que el gobernante se dedique a aparentar acatamiento del ordenamiento legal, sin ideas y sin prácticas incluyentes, ni proyección verdaderamente socio-equitativa, en el manejo de lo público. Esa es la caricatura de democracia Colombiana y en muchas naciones.
Y menos puede definirse como democracia un régimen de gobierno, cuando quienes gobiernan son elegidos por una minoría. Veamos lo que ocurre en Colombia:
La suma de votos no supera el 40%. La abstención generalmente supera el 60%. Y en el caso del presidente de la república, casi siempre resulta elegido con menos del 50% de los votos válidos. Es decir; menos del 20% del potencial electoral (del total de quienes podían votar).
Una vez posesionado en el cargo, conforma un gabinete que generalmente corresponde al cumplimiento de cuotas de los financiadores de la campaña. No importa el perfil profesional y ni ético. Deben satisfacer al “amigo” y ahí comienza el fracaso de las administraciones públicas y el infortunio de los ciudadanos. Ocurre en todo el país y Neiva y el departamento del Huila no son excepción. Cada gobernante ha resultado peor que el anterior, hasta hoy. No gobiernan los más capaces y honestos y de ahí se derivan los resultados del ejercicio del poder. Pero hay naciones que han demostrado lo contrario, con lo que se demuestra que sí es posible gobernar con responsabilidad, honestidad, imaginación y logro de buenos resultados para los gobernados.
Lo que en Colombia, posan de políticos y muchos denominan así, realmente no son políticos. Son politiqueros, dispuestos siempre a transar y apuntarle a lo que les dé más dividendos económicos.
La política, bien entendida y practicada, debe estar orientada por objetivos de servicios para el bienestar colectivo, en general y la búsqueda del ascenso contínuo de las condiciones de vida, en todos los aspectos. Y eso nunca se da en Colombia.
Son reflexiones que debieran tenerse en cuenta y profundizar, frente al festín electoral que se avecina.


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