Por Luis Alfredo Ortiz Tovar.
No son pocos los esfuerzos que nuestros jueces llevan a cabo en el ejercicio inmarcesible de administrar justicia. Luchan contra la corrupción que campea en todos los escenarios, públicos y privados, parte de la cual, tristemente proviene de quien también en sus manos tiene el sagrado deber de ejercer la representación judicial de los justiciables, es decir de aquellos abogados que de manera torticera “ejercen” la profesión, y que de paso van dejando la carrera del Derecho en un estado de desprestigio tal, que hoy pasamos por el símil de ladrones. No en vano este apelativo fluye en el escenario de la sociedad, pues por el ejercicio indebido, más de uno se encuentra en un reclusorio, y muchos más investigados y sancionados por el Consejo de la Judicatura, por prácticas indebidas. La fortuna es que la mayoría de nuestros colegas, entienden la profesión con un sentido de deber, que desembocan en pulcritud en su laboriosidad. Pero también se lucha con el mismo Estado, siendo integrantes de él e incluso representarlo, nuestros jueces, cuando él mismo deja en estado de desprotección en la loable tarea de dispensar justicia; en muchos de los casos hasta el papel hay que mendigarlo para cumplir con la cotidianidad. No menos complejo es el vendarse los ojos y desconocer que la morosidad obedece en gran medida a falta de jueces, y de implementación de herramientas tecnológicas.
Pero con todo y las dificultades, los justiciables esperamos que la labor desarrollada, sea pronta, cumplida, y socialmente útil, como diría el célebre profesor Perelman. Lamentablemente, ni es pronta, ni es cumplida, ni es socialmente útil. Estelas de desconfianza como la reciente decisión de absolución en el caso emblemático de la muerte del joven Andrés Colmenares, donde entre otras cosas, una autoridad jurisdiccional sentenció por otro lado (en la investigación donde se involucró a Andrés Cárdenas) que lo que existió fue un asesinato y no un suicidio. Pero no bastaron dos sentencias de jueces diferentes para esclarecer este doloroso episodio. El crimen existió pero no se sabe a ciencia y paciencia quien o quienes fueron los perpetradores. Su familia cercana, continúa con la cruz a cuestas de la impunidad; y es que este es otro elemento que va dejando en el conglomerado social incredulidad en la justicia. Más del ochenta por ciento de los casos en materia penal sin resolverse, anaqueles atiborrados de expedientes a la espera de una decisión que de luz a lo investigado.
No cabe duda que en una sociedad, la justicia juega un papel invaluable, a la hora de predicarla o no democrática. Los esfuerzos de valerosos jueces, tristemente no todos, que hasta en su tiempo de descanso lo dedican al encuentro con la verdad para reconocerla a quien la reclama, no será suficiente, sino volvemos los ojos a este valor no menos importante que la paz. Contribuir a su realización es tarea de todos.
