(Fragmento)
De Fernando Soto Aparicio.
Hoy que la paz nos llega antes que las cenizas
debemos recibirla como a una amiga de la infancia
que la vida nos arrebató en alguno de sus remolinos,
nos escamoteó en sus recodos, o nos canjeó por una caja
de Luces de Bengala que después resultaron explosivas.
Hay que abrirle las puertas y también las ventanas, sobre todo
los brazos y las mentes
porque no sabemos por dónde querrá entrar hasta nosotros.
Es necesario repasar canciones
para que ella no encuentre nuestros labios hilvanados de
angustia.
Si es preciso construiremos miradas limpias de toda culpa,
corazones de par en pagar como las madrugadas del verano,
mesas para que luzcan los manteles que guardó en los baúles
de la buhardilla el fantasma del hambre.
Usaremos el cañón de las armas para sembrar serpentinas o
disparar claveles,
y admitiremos nuestros errores para admirar las virtudes
ajenas y estrenar un alegre vestido de domingo.
Hoy que la paz le gana la carrera a la guerra
no podemos hacer de cuenta que no ha llegado todavía:
hay que sentarla junto al calor del fuego como a un
peregrino extraviado en la noche,
que de repente encuentra la mirada de una ventana abierta y
se mete por ella hasta el fondo del alma.
Y que la guerra vaya al patio de atrás a recoger las canecas vacías,
que limpie los corrales y lave toda la ropa sucia de la casa,
que aprenda a trabajar hasta que olvide su manía de matar y
hacer desgracias
y que después vuelva, ya calmada su furia sin razones,
a jugar al parqués junto a la lumbre.
Pongamos a la paz a arar la tierra,
a que siembre de trigo las laderas y
vista de cebada las fontanas.
Démosle un azadón y un pan moreno
y un sorbo de guarapo para las morideras del cansancio.
Prestémosle alpargatas, si no tiene,
y un pantalón de dril, y una camisa, y una franela de sudor y
remiendos cosidos con cariño,
No dejemos que sigan siendo los cadáveres las
siembra más frecuente.
Recordemos las madres que en Vietnam le entregaron
sus hijos a la guerra,
y los muchachos de Beirut, que antes de ir
a la escuela entraron a la muerte y se quedaron.
O las niñas del Tchad, de Mozambique, de Marruecos,
que aprendieron a odiar a sus hermanos, y después no
supieron que el amor existía.
O los hombres de Centroamérica que han venido naciendo con la tumba cargada a las espaldas,
o los de tantas partes de la tierra que a través de
la vida sólo vieron una franja de cielo desde la oscuridad
de las trincheras.
Hablemos con los muchachos suramericanos de un lado
y otro lado para decirles que no es matando
a un hombre como bajan la leche o las verduras,
que incendiando los ranchos no resulta cada uno con su casa
y que aunque tengan los labios rojos y los ojos azules
los niños nunca saben de política.
Dejemos que trabajen en paz los alfareros,
que construyan un mundo del barro elemental
como en la enorme noche de los tiempos;
que el carpintero haga cantar el árbol
aunque no tenga nidos,
que el que sopla en la fragua recuerde su trabajo cuando el sol
se va hundiendo detrás de los carbones de la tarde.
Ya estamos hartos de la guerra con su gusto
de óxido y su olor a podrido,
estamos cansados de abrir tumbas cuando es más agradable
abrir aljibes donde se esconda el agua a tiritar
por sus recuerdos de cuando era llovizna.
Vivimos mortalmente fatigados de este concubinato con el miedo.
Hace ya medio siglo que tenemos la guerra en todas partes,
detrás de cada puerta, en los cajones de las mesas de noche,
en los estantes de las bibliotecas, en el interior de las
neveras, en el húmedo subsuelo de la conciencia.
La guerra es la palabra nuestra de cada día,
es el pensamiento con que nos despertamos,
con que vivimos, con que por el cansancio de pensar
nos quedamos dormidos,
es el encabezado de todos los periódicos del mundo,
es la imagen repetida que llena las pantallas de la televisión
y el cine,
es la noticia que vuela como un corto–circuito
permanente por los radios de pilas.
La guerra es como el vómito de un mundo descompuesto,
es como el desperdicio que si no se saca a tiempo nos va
a invadir la casa.
La guerra es un talego lleno de odio
que con su olor inunda la casa del vecino, los vecinos del
barrio, los barrios de la ciudad y las ciudades del planeta.
Por eso, hoy que la paz nos llega como una hermana ausente,
como la chiquilla que se fue de la casa y que pese a los años
sigue joven,
debemos recibirla con campanas y gritos de alegría,
debemos refugiarnos en sus brazos y acunarla también,
para que sepa que siempre le estuvimos esperando.
Con la paz en la casa habrá paz en el mundo
porque la paz es un vivir más fácil y un morir más tranquilo.
Se arruinarán sin duda los fabricantes de armas,
los que atizan las luchas con la candela oscura de su envidia,
los que desean reinar sobre las ruinas y los
monstruos pensantes del futuro,
los que quieren comprar al por mayor los escombros de un mundo
roto a mordiscos por los perros del odio.
Pero en cambio triunfaremos los hombres de buena voluntad,
los que aún creemos en la belleza de una tarde
con pájaros que trinan, con hombres que regresan del trabajo,
con alumnos que levantan una escuela a partir de las voces con
que juegan.
Ganaremos el pan con un sudor alegre,
y construiremos el paraíso para ayudarle a Dios
que es nuestro compañero de labores,
y podremos amar y ser amados y vivir el amor y
morirnos de amor impunemente.
Hoy, que la paz nos llama con su voz de silencio,
debemos responderle sin rencores, devolverle
en un eco su palabra, acogerla en las manos como un pájaro
herido que se fuga de las jaulas de nieve del invierno.
La tenemos aquí, golpea a la puerta,
picotea el sol regado por el patio,
nos aclara los ojos para que vean más allá del futuro,
nos quita cercas y nos pone gladiolos y amapolas,
anula las fronteras como la dueña que abre
con hospitalidad todas las puertas de una casa enorme.
Dancemos con la paz, aprendamos sus coplas y enseñémosle
las que nosotros no hemos olvidado,
sentémonos con ella en los pupitres donde aprendimos a leer,
de niños,
hagámosla caber en nuestro corazón para que ella sea el
ritmo de esa música roja de la sangre.
Busque una silla cómoda, y descanse,
y déjenos sentirla como un himno sencillo, como un
perfume, como una luz brillándonos por dentro.
Hoy le decimos: bienvenida, niña, amante, hermana y
otra vez compañera,
y le pedimos que sea como un canto que suena
en todas partes, como un aroma que lo llena todo,
como una lumbre inmensa repartida a través de los caminos.
Y que podamos hablarle sin la vergüenza de los viejos errores,
listos para ponerle coto a los tropiezos,
y decirle que es más fácil tenerla que perderla.
Así podremos irnos de la mano
como dos enamorados después del beso que selló la entrega,
como un ciego detrás de un lazarillo,
como un niño que no tiene temores porque sigue
la luminosa sombra de su padre.
Y hechos un solo paso que deje una honda huella
por donde avancen todos
vamos a recobrar la heredad de los árboles dorados,
la de las eras con collares de trigo, la de la casa con ventanas
abiertas y golondrinas que hacen el verano,
la de los amplios patios de recreo, la de una dulce fuente
que canta sin cansarse la misma melodía.
La heredad, es la tierra.

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