Por Carlos Tobar.
Dos artículos, de una misma edición, del diario económico Portafolio pusieron esta semana, sobre la mesa, el grado extremo de precarización del consumo en sectores importantes de la sociedad.
El primero, traía a colación las difíciles circunstancias por las que atraviesa la sociedad venezolana, donde un régimen inepto tiene aguantando física hambre a la mayoría del pueblo. Para magnificarlo, el articulista reseña que, por la baja capacidad de compra de la población a causa de la hiperinflación de precios, se ha generalizado el consumo de artículos de primera necesidad en pequeñas unidades, no convencionales, tanto en alimentos como en artículos de aseo: aceite vegetal, azúcar, café en bolsas de 50 gramos, así como arroz, harina de trigo, o pastas en empaques similares o, incluso, en el extremo, ventas por cucharadas en muchos de estos y otros productos alimenticios. Igual, sucede con productos de aseo personal como champú y jabón de tocador, o productos de aseo para viviendas y vestuario.
A esta situación, se ha llegado por la escasez y la hiperinflación; no solo no hay productos, sino que, la inflación de precios ha alcanzado este año el 1.000%. Es tal el desborde de los precios que, cuatro cucharadas de azúcar se venden por 4000 bolívares (el equivalente a un poco más de un dólar, según la tasa oficial de cambio) por lo “bachaqueros”, nombre con el que se conoce a los revendedores en la vecina Venezuela. Si comparamos este gasto diario, con los 53 bolívares que recibe un trabajador como salario mínimo, podremos entender el porqué de este mercado minimalista que empezó a desarrollarse en la provincia, pero que hoy está extendido por muchas de las zonas urbanas de la capital, Caracas.
La otra noticia, reseña que en Colombia el canal preferido para abastecerse de productos de primera necesidad, son las tiendas de barrio. No obstante, que han sufrido el embate de los grandes supermercados y las cadenas de descuentos fuertes, este canal de distribución tradicional sigue distribuyendo el 65% de las compras de alimentos. Si se suman el resto de productos de la canasta familiar, cubren el 52% del abastecimiento diario. Además, por su ubicación, cubren el 92% de los estratos 1,2 y 3. Pero, tal vez, las características que hacen tan fuertes a las tiendas de barrio son aspectos como el conocimiento personal de los clientes y sus familias, la proximidad a los sitios de residencia de los consumidores, el crédito: el que fíen parte del consumo semanal o mensual es una fortaleza sin competencia; y, sobre todo, el expender los artículos, especialmente alimentos y de aseo, en unidades de venta no convencionales: la cucharada, la bolsa por gramos, la pastilla de chocolate, el cigarrillo por unidad, el manojo, el cuarto o la media libra…, características comerciales que han desarrollado los tenderos, pero, a las que, también, se han ajustado las empresas de procesados industriales.
Hace mucho tiempo, esas son características propias del mercado minorista de abastecimiento en el país, entonces que se critique lo que ocurre en Venezuela, que es lamentable, desconociendo que las condiciones de precariedad del consumo de muchos colombianos, es tratar de ocultar lo inocultable: la pobreza de vastos sectores sociales que, ofende el sentido de equidad que debe primar en sociedades incluyentes.


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