Por Carlos Tobar.
Llevo escribiendo, desde comienzos de la década del 90 del siglo pasado, sobre el fracaso previsible e inevitable del modelo antinacional de desarrollo implementado desde la época del “bienvenidos al futuro” de César Gaviria. Un modelo impuesto por el gran capital financiero parasitario, amo y señor de los negocios y las riquezas del mundo, en connivencia con la gran burguesía y los grandes terratenientes de las élites colombianas, dueñas de los negocios y riquezas del país.
A la sombra del mal llamado “libre comercio”, durante estos ya casi 30 años, se dedicaron de forma metódica y sibilina a desmantelar la economía nacional, todo lo que habíamos logrado construir los colombianos, usando el ahorro nacional, con muchos sacrificios y esfuerzos, desde finales de la II Guerra Mundial Imperialista hasta comienzos de la década de los 90.
Que yo lo diga puede parecer a muchos, producto de mis concepciones ideológicas y políticas, pero que hable de las dificultades de crecimiento económico de la región, un portaestandarte del neoliberalismo como Mauricio Cárdenas, debe prender las alarmas del más desprevenido de los ciudadanos. Leámoslo:“Hoy, las perspectivas (de América Latina) son menos eufóricas, por no decir que un tanto lúgubres. Por ejemplo, el Fondo Monetario Internacional considera que las perspectivas de crecimiento para América Latina durante los próximos cinco años son apenas la mitad en comparación con el conjunto de economías emergentes y en desarrollo. Con un crecimiento esperado de solo 2,5 % por año, nuestra región crecerá menos que África, el Medio Oriente y Asia…” Y, añade: “Resulta que este menor crecimiento no parece ser un fenómeno coyuntural, sino que tiene raíces profundas.”
Luego, se riega en disquisiciones de menor envergadura para tratar de justificar el fracaso de un modelo basado en la inversión del gran capital, especialmente extranjero, a quién le entregamos la mayor de las fuentes de creación de riqueza: el mercado interno. Los tratados de libre comercio son el instrumento normativo, a la sombra de los cuales el capital financiero se quedó con la industria, el agro, el comercio, la energía, la minería, el petróleo, los servicios y, lo principal, el trabajo de los colombianos. Somos una economía vasalla donde la mayoría de los negocios son de capital privado, preferencialmente extranjero que, obtienen réditos extraordinarios con precios de monopolio, muchos más altos que el de los países desarrollados. Crédito costoso, energía impagable, combustibles caros, insumos o medicinas de precios inalcanzables, etc.
¿Recuerdan un escrito que rueda por las redes sociales donde un colombiano que vive en el exterior le escribe a un conocido en Colombia, donde le dice que porqué se queja de la pobreza si acepta pagar costos tan altos en todos los bienes y servicios que consume en el país? Pues bien, todo eso es cierto. A la par que entregamos el mercado interno cuando aceptamos que buena parte de lo consumido en el país provenga del extranjero, permitimos que los monopolios en Colombia, nos vendan caro y nos compren barato, pero lo peor que sacrifiquemos las fuentes de empleo nacionales

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