Por Carlos Tobar
El viernes de la semana pasada se conoció la noticia de que el estado de California había tomado la determinación de subir a 15 dólares el salario mínimo por hora. Una decisión que, recientemente, ya habían tomado ciudades importantes como San Francisco, Nueva York y Seattle. La noticia de California ha tenido gran resonancia porque, de un lado, ha sido el primer estado que toma tal decisión. Un par de días después, el estado de Nueva York tomó una decisión similar. Por otro lado, ha llamado la atención que la iniciativa del aumento tuvo origen popular; la mayoría de los ciudadanos a instancias de sector sindical organizado, utilizaron un mecanismo de participación democrática –de los más avanzados del mundo– que les permite decidir, de manera directa, pasando por encima de sus representantes cuando consideren que estos no responden a sus intereses. Es un mecanismo de recolección de firmas para someter a votación popular las propuestas ciudadanas que, además, en caso de ser aprobadas son de obligatorio cumplimiento de manera inmediata. Esto obligó al gobernador y al congreso estatal a negociar con el comité promotor, llegando a un acuerdo para su implementación en un plazo de 6 años, con dos salvedades frente a crisis coyunturales. Lo cierto es que partiendo de una base de 10 dólares la hora (el salario hoy), año a año se subirá un dólar por hora trabajada hasta alcanzar la meta de los 15 dólares.
Después de 30 años perdiendo valor los salarios de los trabajadores de más bajos ingresos, lograrán recuperar parte de la capacidad de compra, porque los analistas estiman que si se descontara la inflación el salario debería estar en 25 dólares la hora. Pero lo más importante de este triunfo ciudadano, bajo la dirección de la clase obrera organizada, es que se rompe con el falso paradigma –que viene desde el gobierno de Reagan– de que los aumentos salariales son inflacionarios, una manera de envilecerlos para aumentar ad infinitum las ganancias del capital. La concepción que empieza a imponerse es que, el mejoramiento de los ingresos de las mayorías trabajadoras, es el verdadero motor del desarrollo económico.
Simultáneamente, el gobierno ha tomado decisiones importantes para evitar que las grandes empresas norteamericanas puedan trasladarse a otros países para evadir impuestos y usar mano de obra barata en los países de la periferia. La política tributaria estará orientada a obligar a todo ciudadano y empresa a tributar por el capital poseído en cualquier parte del mundo, lo que busca desestimular la llamada relocalización de las empresas, un mecanismo que ha sido utilizado en las últimas décadas para ubicar las casas matrices en paraísos fiscales.
En síntesis dos de las grandes discusiones económicas de hoy, el aumento de salarios para la fuerza de trabajo y el pago de impuestos de las grandes multinacionales, toman forma en la primera potencia económica. Buenos augurios para el trabajo asalariado y la sociedad.

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