Por Carlos Tobar.
Acaba de llegar, la factura del servicio de energía eléctrica correspondiente al tercer mes del año, con un incremento sustancial del costo por kilovatio/hora. En lo que va corrido del año el incremento ha alcanzado, en término brutos, 60 pesos por K/h.
Después de un año, como el anterior donde el promedio rondó los $480, en el último mes la tarifa facturada alcanzó para el estrato 4 los ¡$542! Si lo tradujéramos a dólares la tarifa sería de 19 centavos (en moneda norteamericana), cuando el promedio de la tarifa en ese país desarrollado, el más rico del mundo, alcanza un promedio de 7 centavos.
Es decir, que un ciudadano estadounidense con un ingreso per cápita anual de $57.466 dólares, paga un tercio en la tarifa de energía del que paga un ciudadano colombiano con un (mísero) ingreso per cápita anual de $6.000 dólares. Me atrevo a hacer esta comparación, porque hoy, bajo las reglas del tratado de libre comercio firmado entre Colombia y los Estados Unidos, un productor colombiano compite en “igualdad de condiciones” con un productor norteamericano y, estoy pensando en arroceros o industriales del acero o cualquier otra actividad productiva nacional.
Lo primero que hay que destacar, es que el escandaloso precio de la tarifa de energía por K/h es un precio de monopolio. Un precio que se fija, no estimando los costos de producción (generación, transmisión, distribución, comercialización, las 4 actividades necesarias para hacer accesible a los usuarios el servicio), sino la rentabilidad económica de los inversionistas, particularmente la de los generadores que, se llevan la parte del león en el negocio.
La rentabilidad que garantiza la regulación establecida por el estado, es exageradamente alta en Colombia. Si solo recordamos la tarifa promedio en los EEUU que reseñamos atrás, tendríamos que preguntarnos el porqué de la diferencia con las tarifas en nuestro país y, la única explicación lógica son las enormes garantías que se le dan al gran capital vinculado a esta actividad que, en su gran mayoría es extranjero. Quienes pagamos esa diferencia somos los usuarios del servicio.
Lo segunda anotación, es sobre los efectos en la competitividad del aparato productivo colombiano. Con unos costos de energía eléctrica tan altos, al compararnos con economías similares de países vecinos y de otras regiones del mundo, o con las economías desarrolladas de América, Europa y Asia, no es posible producir bienes o prestar servicios a precios competitivos.
Es inevitable que lo que producimos los colombianos sea más costoso que lo producido en el extranjero. Si le sumamos otros costos internos que también manejan precios de monopolio, v.gr., los combustibles, el transporte interno, el crédito, los impuestos, los insumos y materias primas, etc., el desfase de costos nos sacan del mercado. Un solo ejemplo: la tonelada de arroz producida en Colombia cuesta 1.300 dólares, mientras la producida en los Estados Unidos tiene un costo de 800 dólares.
Si no estuviera en juego el empleo nacional, podría contarse esta historia como una anécdota del manejo equivocado de una economía, pero no, medidas como esta son causantes del drama cotidiano de la falta de fuentes de trabajo para los nativos colombianos.


